lunes 31 de agosto de 2026 - Edición Nº2826

Derechos Humanos | 31 ago 2026

Modificando Condiciones con la IA.

¿Qué hacemos cuando lo posible cambia?

09:55 |Con la inteligencia artificial estamos modificando las condiciones antes de saber qué haremos desde ellas.


Por: José Rivadeneyra Orihuela. Fuente: Agencia Pressenza

(Imagen de Alejandro Rodríguez)

Con la inteligencia artificial estamos modificando las condiciones antes de saber qué haremos desde ellas.

Una nueva capacidad puede hacer algo más que facilitarnos una tarea: puede mover el horizonte desde el cual imaginamos lo que todavía puede hacerse. Buena parte de la historia humana puede leerse a través de esos desplazamientos. Condiciones que parecían permanentes dejaron de serlo y, desde cada nueva situación, aparecieron preguntas antes impensables. Nuestra historia ocupa apenas un instante dentro de una escala mucho mayor de la vida y, aun así, está marcada por la transformación reiterada de aquello que cada época creyó permanente.

La inteligencia artificial nos sitúa otra vez ante un cambio de esa magnitud. Importa su velocidad, pero sobre todo el tipo de actividades en las que empieza a intervenir.

Una creación surgida de necesidades, conocimientos e intenciones humanas participa ahora en tareas mediante las cuales comprendemos situaciones, relacionamos información, anticipamos y actuamos. Hemos modificado una condición y esa condición empieza a modificar nuestro campo de acción.

Cada ampliación de lo posible nos vuelve a colocar ante la necesidad de definir la dirección.

Cuando la exigencia se desplaza
Una operación que antes exigía tiempo, aprendizaje y esfuerzo puede volverse sencilla sin que desaparezca el problema que le daba sentido. Cuando ejecutar exige menos esfuerzo, la atención puede profundizarse: comprender mejor la situación, distinguir qué importa y reconocer para qué actuamos.

Con la inteligencia artificial, obtener información, producir alternativas, elaborar argumentos o anticipar escenarios requiere cada vez menos esfuerzo. Una respuesta impecable, sin embargo, puede ser inútil si nace de una pregunta pobre, de criterios insuficientes o de una lectura parcial de la situación. Llegar antes a una respuesta no significa haber comprendido mejor aquello que intentábamos resolver.

Comprender supone algo distinto de ejecutar correctamente una serie de operaciones.

Implica relacionar lo que ocurre con un contexto, reconocer sus consecuencias, advertir lo que todavía no vemos y proyectar desde allí una acción. Al reducir la demanda operativa, la tecnología puede favorecer una atención más profunda a esa dimensión de la experiencia.

La exigencia ya no está solamente en saber hacer. También está en comprender qué merece nuestra atención y qué buscamos producir con nuestra respuesta. Cuanto más fácil se vuelve hacer, más visible puede hacerse la exigencia de comprender.

Podemos tener más capacidad y menos posibilidades
No toda ampliación técnica amplía necesariamente nuestra vida.

Una persona puede utilizar un sistema para reconocer variables que antes no alcanzaba a considerar, aprender de ese proceso y abordar problemas de mayor complejidad. Otra puede apoyarse en una herramienta semejante hasta dejar de comprender las operaciones que delega. Ambas disponen de una capacidad técnica superior. Sus posibilidades, sin embargo, no se han ampliado de la misma manera.

Algo parecido ocurre en las organizaciones. La automatización puede liberar tiempo para atender problemas siempre postergados o convertirse simplemente en una razón para exigir más producción. También podemos multiplicar información e indicadores sin comprender mejor aquello que sucede.

Incluso una revolución tecnológica puede dejarnos sorprendentemente cerca del mismo lugar: más respuestas para las mismas preguntas, más velocidad para los mismos procedimientos, más productividad dentro de las mismas relaciones.

La distinción importa. Una capacidad aumenta aquello que podemos ejecutar. Una posibilidad aparece cuando esa capacidad cambia de manera efectiva nuestro campo de acción: comprendemos algo que antes no comprendíamos, accedemos a alternativas que estaban fuera de alcance o podemos intervenir sobre condiciones que parecían inmodificables.

La inteligencia artificial puede ampliar enormemente ambas cosas. Nada asegura que lo haga al mismo tiempo.

Nada está decidido solo porque ya esté ocurriendo
La velocidad y la concentración del desarrollo de la inteligencia artificial alimentan una riesgosa idea: las decisiones importantes ya se están tomando en otros lugares y, cuando sus consecuencias lleguen al resto, nos quedará sobre todo adaptarnos. Esa impresión tiene bases reales. Un grupo reducido de empresas concentra buena parte de la infraestructura, la inversión y el desarrollo de los sistemas más avanzados. Los Estados compiten por posiciones estratégicas. Quienes reúnen esas capacidades pueden influir en mercados, formas de trabajo, producción de conocimiento y en los marcos desde los cuales imaginamos lo que viene.

Esa concentración condiciona el punto de partida, pero no agota el proceso.

Ese poder existe y no conviene minimizarlo. Sin embargo, una tecnología al entrar en la vida social se encuentra con instituciones, culturas, regulaciones, necesidades, conflictos y aspiraciones que no estaban contenidos en su diseño. Allí puede adquirir usos inesperados, encontrar límites y provocar respuestas que alteren su trayectoria.

El alcance social de la inteligencia artificial toma forma, por eso, en muchos lugares a la vez: en una universidad que revisa qué significa aprender, en una profesión que decide qué juicio no quiere delegar, en una organización que define qué hará con la capacidad liberada, en comunidades que encuentran usos para problemas no previstos en los centros donde se desarrolló la tecnología.

La desigualdad de poder es real. Convertirla en la imagen de un futuro cerrado tiene una consecuencia práctica: si suponemos que todo ha sido decidido por otros, reducimos nuestra participación antes siquiera de comprobar cuál era nuestro margen de intervención. Esa retirada deja más espacio para que ciertas trayectorias se afiancen y otras ni siquiera lleguen a intentarse.

No decidir no nos coloca fuera del proceso. También produce un tipo de futuro.

Para orientar el cambio también tenemos que mirarnos
La discusión deja de ser solamente tecnológica cuando preguntamos desde dónde intentamos orientar el cambio. Podemos disponer de instrumentos cada vez más poderosos y, al mismo tiempo, tener enormes dificultades para darles dirección si nuestra experiencia se ha estrechado. Una herramienta puede ahorrarnos tiempo y ese tiempo llenarse de nuevas urgencias. Podemos multiplicar nuestra capacidad de comunicación y empobrecer nuestros vínculos.

La manera en que orientamos los cambios externos guarda relación con la dirección que construimos en nuestra propia experiencia. Revisar contradicciones, reconocer qué queremos producir con nuestras acciones, recuperar horizonte y ampliar vínculos modifica nuestra forma de participar en el mundo. Cuando una persona comprueba que puede transformar una situación concreta, cambia también la representación que tenía de sus propias posibilidades. Al participar con otros, entran en su experiencia problemas, perspectivas y futuros que antes estaban fuera de ella.

Transformarnos y transformar nuestras relaciones forman parte del mismo movimiento.

Nuestras acciones alteran las condiciones y los vínculos en los que vivimos, y aquello que construimos con otros vuelve sobre nosotros. Podemos encontrar dirección personal mientras participamos en proyectos que no terminan en nosotros mismos.

Cuanto mayor sea la potencia de nuestras herramientas, más decisiva será la profundidad de los propósitos desde los que las pongamos en movimiento.

Lo posible se amplía cuando es con otros

Las capacidades que solemos considerar propias se forman también en relación con otros. Pensamos con lenguajes que recibimos, conocemos a partir de experiencias acumuladas y actuamos dentro de instituciones, técnicas y relaciones que existían antes de nosotros. Incluso aquello que vivimos como una posibilidad personal descansa sobre una trama humana mucho más extensa.

«Con otros» significa entonces algo más que compartir el acceso a una herramienta.

Una posibilidad cambia de dimensión cuando aquello que uno descubre puede ser cuestionado, continuado o transformado por otro; cuando una capacidad individual hace posible una acción que difícilmente habría surgido por separado; cuando lo que modificamos en nuestro ámbito crea condiciones para que otros intervengan también sobre el suyo.

Las posibilidades humanas no se limitan a sumarse. En relación pueden producir algo que antes no estaba disponible para ninguno.

La inteligencia artificial puede ampliar ese campo de relaciones o estrecharlo. Podemos rodearnos de asistentes extraordinariamente potentes y quedar cada vez más aislados en nuestras decisiones; también podemos relacionar conocimientos, experiencias y perspectivas que difícilmente habrían entrado en contacto de otra manera.

La cuestión no es solo cuánta potencia tenemos disponible, sino qué relaciones somos capaces de construir con ella.

La dimensión de ese «otros» puede seguir ensanchándose: incluye a quienes viven cerca, a quienes habitan realidades que apenas conocemos y a quienes recibirán mañana las condiciones que nuestras decisiones produzcan. Cuanto más interdependientes se vuelven nuestras acciones, menos sentido tiene pensar nuestras posibilidades como si terminaran en los límites inmediatos de nuestra experiencia.

Lo posible adquiere otra dimensión cuando deja de ser únicamente aquello que yo puedo hacer y empieza a convertirse en aquello que podemos hacer posible entre nosotros.

El futuro comienza antes de llegar
Muchas transformaciones comenzaron antes de existir como realidad. Primero existieron como una intención que orientó la acción. Imaginamos una situación diferente y empezamos a movernos hacia ella. El futuro entra así en nuestras decisiones antes de convertirse en un hecho: está en aquello que intentamos cambiar, en lo que elegimos preservar y en las posibilidades a las que empezamos a dar forma.

La inteligencia artificial amplía ahora el número y la escala de los futuros que podemos imaginar y construir. Puede anticipar escenarios, producir alternativas y modificar con rapidez nuestras condiciones. Ninguna de esas capacidades decide por nosotros cuál de esos futuros merece orientar nuestra acción. Esa definición comienza en la intención desde la que elegimos qué hacer con aquello que hoy se vuelve posible.

Orientar no consiste en fijar una imagen definitiva de lo que vendrá. Elegimos una dirección, actuamos y producimos nuevas condiciones; desde ellas tendremos que mirar otra vez. Cuanto más amplio sea el campo de posibilidades, mayor será nuestra responsabilidad al decidir qué queremos abrir, preservar o transformar, y qué
condiciones estamos ayudando a crear para otros.

Entre todo lo que empieza a ser posible y aquello que finalmente decidimos hacer hay algo que ninguna potencia tecnológica resuelve por nosotros: el sentido que damos a lo que todavía no existe.

El futuro comienza en la intención con la que damos dirección a lo posible. Y esa dirección, siempre, es humana.

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