Por: Andreas Noll. Fuente: https://www.dw.com/es
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Cuando los argentinos encendieron el televisor el jueves 3 de septiembre de 2026 por la noche, los esperaba un discurso presidencial con toda la solemnidad de Estado. Javier Milei estaba sentado ante un escritorio en el suntuoso Salón Blanco de la Casa Rosada, en Buenos Aires, rodeado de casi todo su gabinete.
Para su mensaje a la nación, Milei eligió un único tema: el reclamo de Argentina sobre las islas Malvinas. Probablemente ninguna otra cuestión toque tan de cerca la identidad nacional del país como el destino de las islas, por las que Argentina libró en 1982 una guerra costosa en vidas y, finalmente, fallida contra el Reino Unido.
"Las Malvinas son argentinas por historia y por derecho. Sobre eso no hay nada que discutir", afirmó Milei. El presidente niega a los habitantes de las islas el derecho a la autodeterminación. Además, quiere endurecer las sanciones contra las empresas que participan en la explotación petrolera en torno al archipiélago.
También pretende acelerar la construcción de una base naval, proyectada desde hace tiempo en el extremo sur de Argentina, para reforzar la presencia en el Atlántico Sur. Y, por último, quiere crear un Consejo de Seguridad Nacional y dar mayor peso a la cuestión de las Malvinas dentro de la política de seguridad argentina.
Que un presidente argentino hable en estos términos no es algo inusual. Desde que el Reino Unido tomó el control de las islas Malvinas en 1833, Buenos Aires reclama su devolución. Para los británicos, aquello supuso el restablecimiento de su soberanía, ya que habían establecido una base en las islas en 1765. Para Argentina, fue una anexión.
Sin embargo, hasta ahora Milei se había mostrado distante de la tradicional retórica argentina en torno a las Malvinas. El político libertario admira a Margaret Thatcher, primera ministra británica durante la guerra de 1982, y la considera una de las grandes figuras políticas de la historia.
Incluso el año pasado, Milei sostenía que Argentina debía alcanzar tal nivel de éxito, que algún día los habitantes de las islas decidieran voluntariamente ser argentinos. Ahora los califica de "población implantada" y les niega un derecho legítimo a la autodeterminación. ¿Qué ha ocurrido?
Al parecer, Milei cree que ahora tiene la oportunidad de lograr algún avance a su favor en la prolongada disputa por las islas. Y eso tiene que ver, sobre todo, con su principal aliado internacional. Donald Trump podría haberle abierto una puerta en la cuestión de las Malvinas.
Cuando un periodista le preguntó el lunes pasado en el Despacho Oval si Estados Unidos revisaría su posición sobre la soberanía de las islas, el presidente estadounidense respondió: "Siempre reviso todas las posiciones. Esta es solo una de muchas”. Esas palabras de Trump no respaldan el reclamo argentino sobre las islas, pero su ambigüedad resulta llamativa.
Desde hace décadas, los gobiernos estadounidenses no toman oficialmente partido ni por Londres ni por Buenos Aires en la disputa sobre la soberanía, aunque reconocen la administración británica de las islas. En 1982, el presidente estadounidense Ronald Reagan terminó apoyando a Thatcher tanto diplomática como militarmente en la guerra de las Malvinas. Ahora Trump dejó abierta, al menos, la posibilidad de que esa postura pueda cambiar en el futuro.