Por: Ángel Sanz Montes. Fuente: Agencia Pressenza
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La ONU corrigió el mapa mundial. Occidente aún no ha ajustado su mirada. (Imagen de Imagen: ChatGPT)
El partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) ha logrado una victoria histórica en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt. Con un 44-44,5% de los votos y una participación récord cercana al 76,5%, la formación radical liderada por Ulrich Siegmund ha arrasado, duplicando su resultado de 2021 (20,8%) y quedando a las puertas de la mayoría absoluta.
Este resultado no es solo una victoria electoral, sino la constatación del fracaso del cordón sanitario (Brandmauer) que los partidos tradicionales habían erigdo para aislar a la ultraderecha y que ha resultado ser un «tiro en el pie».
El fracaso del cordón sanitario y sus consecuencias
La política de exclusión o «cordón sanitario» ha resultado contraproducente. Al negarse a dialogar con la AfD, los partidos del establishment no solo no han frenado su avance, sino que han alimentado el discurso de la formación ultraderechista como única voz alternativa que, además, se victimiza de que “el sistema” margina a millones de alemanes (hipotéticamente su electorado). La CDU del canciller Friedrich Merz, con estos resultados, ha quedado relegada a un segundo lugar con un 18,5%, casi veinte puntos por debajo de su cota anterior. Este terremoto político, aunque sea regional, debilita la autoridad de Merz a nivel nacional.
El sistema político alemán favorece la formación de mayorías, a la hora de elegir ministro-presidente. Con un 44,5%, la AfD roza esa mayoría, pero no la alcanza. La lógica política apunta a un escenario de bloqueo prolongado. Sin la AfD no hay mayoría estable y la CDU, debilitada, tendrá que aguantar el tipo buscando el apoyo de la AfD de hito en hito, en votaciones puntuales (será una ‘stille Kooperation’, o cooperación silenciosa). Todo ello da por roto el Brandmauer y abrirá un debate interno en la CDU sobre la exclusión de la primera fuerza política y acerca de cómo transaccionar con ella.
El BSW (Alianza Sahra Wagenknecht), con su 5%, se ha convertido en la llave del gobierno en Sajonia-Anhalt. Ningún bloque alcanza la mayoría sin su concurso. Su agenda con elementos de izquierda económica, entreverados con discurso antiinmigración y prorruso, les acerca más a la AfD que a la CDU. Por lo que la abstención de la BSW ocasional, a cambio de concesiones, es un escenario plausible. Sería el derrumbe del cordón sanitario por su flanco más débil.
Más allá de Sajonia-Anhalt, este resultado marca un punto de inflexión nacional. Merz ya no es el líder que prometía contener a la ultraderecha. En su estrategia de imitar el discurso de la AfD en temas de inmigración el tiro le ha salido por la culata. El electorado prefiere el original de la AfD. La estabilidad de su gobierno federal se tambalea y los barones regionales de la CDU verán en la colaboración con la AfD la única vía para no desaparecer en el Este.
Lo más probable es que veamos una normalización gradual de la AfD como socio de gobierno en algún Lander, probablemente en Sajonia-Anhalt o Turingia. La política de cerco a la ultraderecha, como ya ocurrió en Países Bajos o Italia, solo acelera la descomposición del centro y convierte el tabú precisamente en opción de gobierno. Ese es el verdadero terremoto. Alemania tendrá que digerir que su mayor amenaza ya no viene del Este, sino de sus propias fracturas internas. Toca redefinir sus prioridades de gobernanza, su papel en la UE y el de la UE en el Mundo. En cuanto al vecino al Este de Ucrania, ya va siendo hora de que Europa se acostumbre a su presencia y que, en Bruselas, comiencen prepararse para las conversaciones de paz. Rusia, con sus 17 millones de km² y once husos horarios, siempre estará allí al Este. El vacío diplomático de la UE a Rusía y las sanciones no nos sacan de esa terrible guerra de desgaste, encallada cuatro años y medio, e instigada desde la anglosfera con pólvora europea. (*)
La fractura Este-Oeste: más allá de la inmigración
En esto de las fracturas, el análisis del voto revela una Alemania dividida. La AfD obtiene en el Este el doble de apoyo que en el Oeste. Las razones son profundas y van más allá de la inmigración. En los antiguos estados de la RDA, el partido ha sabido capitalizar un resentimiento persistente por las disparidades económicas y la falta de reconocimiento, décadas después de la reunificación.
El sentimiento de ser ciudadanos de segunda o la nostalgia por la RDA (tiene su nombre o juego de palabras, Ostalgie), más la percepción de que las élites políticas y económicas siguen siendo occidentales (RFA), han creado un caldo de cultivo perfecto. Votantes que anteriormente votaban por el SPD, decidieron apoyar al AfD porque consideran ‘que la formación, al menos, habla de paz mientras otros partidos hablan de rearme’. Por el contrario, otros en su pesimismo sobre la posibilidad de que una coalición resuelva en una legislatura los problemas y hartazgo existe, esos votaron ‘a los de siempre’ (véase unotv.com).
«Alemania primero»: securitización, rearme y antiislamismo
El éxito de la AfD se enmarca bien en el contexto de securitización de la política interior y exterior. El partido ha vinculado hábilmente su mensaje antiinmigración y antiislámico con un discurso de «Alemania primero», que resuena en un electorado inquieto por la seguridad y la identidad nacional. Este mensaje se entrelaza con la oposición al rearme militar y la existencia de un «Frente del Este» imaginario, que iría desde Finlandia hasta el Mar Caspio, marco mental que desde el estáblishment politico alemán y de la propia UE se pretende imponer. Aunque en el tiempo, la formación se desdiga de todo ello, Alemania enfrenta una inflación que no cede, la deslocalización industrial y un próximo presupuesto federal (Bundeshaushalt) que seguro traerá más ajustes y recortes del estado social. Esa denuncia del «gasto bélico a costa del bienestar» resuena entre quienes ven, en la élite gobernante, a una clase política desconectada de la realidad. Al combinar ese pacifismo selectivo, de tono casi prorruso, con un nacionalismo económico proteccionista y un discurso antiinmigración, la AfD ha tejido un relato que, aunque peligroso, resulta coherente y atractivo para los millones de alemanes que se sienten abandonados por el sistema. (*)
Un fenómeno paneuropeo: ecos en Finlandia y el Reino Unido
La celebración de este resultado electoral por parte de partidos de ultraderecha en Finlandia y el Reino Unido no es anecdótica. Refleja la naturaleza transnacional del fenómeno.
Un vistazo al mapa político europeo basta para constatar que la ultraderecha ya no es algo marginal o pintoresco, como en Países bajos. En el Este, Hungría fue durante años el laboratorio del nacionalismo de Orbán, anticipando las consignas que hoy se repiten de un extremo al otro del continente. Más al norte, en la República Checa, el populista Andrej Babiš preside desde finales de 2025 un gobierno que ha necesitado del apoyo de dos formaciones de extrema derecha para asegurarse la mayoría. En Eslovaquia, Robert Fico comparte el poder con el ultranacionalista Partido Nacional Eslovaco, una alianza que ha convertido la hostilidad a la inmigración y al llamado «género ideológico» en bandera, al tiempo que tensa la relación con Bruselas por ir a contracorriente en cuanto a Ucrania.
Si miramos hacia el Mediterráneo, Italia es el caso más paradigmático. Giorgia Meloni gobierna abiertamente con su formación posfascista ‘Hermanos de Italia’ y con la ‘Liga’ de Salvini, consolidando un modelo que ya es referencia para otras fuerzas del continente (atención en España). Al oeste, la ‘Agrupación Nacional’ de Marine Le Pen sigue creciendo en Francia, aunque aún no ha logrado asaltar el Elíseo.
En el norte de Europa, el fenómeno adquiere otras formas. En Finlandia, los ‘Verdaderos Finlandeses’ son la segunda fuerza y socios de Gobierno desde 2023; en Suecia, los ‘Demócratas de Suecia’ a una coalición conservadora; y en Bélgica, el nacionalismo flamenco de la ‘N-VA’ lidera el ejecutivo federal. Cruzando los Alpes, Croacia tiene al ultraconservador ‘Movimiento Patriótico’ como socio menor de una coalición de centroderecha.
Más allá de la UE, Suiza. Allí la ‘Unión Democrática de Centro’ gobierna con una agenda abiertamente antinmigración, que ha llegado a plantear en referéndum nacional para ¡limitar la población del país a 10 millones de habitantes! Iniciativa que fue rechazada por el 54,8% de los votantes. Margen que define claramente el tono excluyente de su proyecto político.
Lo que revelan todos estos casos no es una colección de excepciones nacionales, sino la cartografía de un descontento común. En cada país, el cóctel es similar. Rechazo a unas élites percibidas como distantes, ansiedad ante la inmigración y miedo al declive económico por los sueldos estancados prácticamente desde los años 2000 y la inflación que los devalúa día a día. Para colmo de males, sobrevino la insensata aventura de “cambio de régimen” de Estados Unidos e Israel en Irán. Que no es otra cosa que una guerra abierta no declarada y ha estrangulado el 20% del suministro mundial de petróleo, disparando la inflación y los precios de los alimentos en todo el Planeta.
Frente a ese malestar, la ultraderecha no se ha limitado a ofrecer un relato, sino que ha desplegado una sofisticada maquinaria de manipulación emocional alimentada desde las redes sociales. Sus campañas, no hay que entenderlas en términos de política o anti política, sino como «ingeniería emocional de masas», combinando el miedo y la incertidumbre con mensajes de esperanza y ambición para maximizar el engagement. Cada vídeo, fake o verdadero, está optimizado para provocar reacciones, cada publicación forma parte de un proceso gradual de radicalización.
Este entramado no sería posible sin el respaldo explícito de los grandes propietarios de plataformas y redes sociales. Elon Musk, dueño de “X”, la ha utilizado para «caldear el ambiente» y dirigir el voto a favor de la ultraderecha, llegando a afirmar que «solo la AfD puede salvar a Alemania». Ha apoyado públicamente a líderes ultraderechistas como Nigel Farage en Reino Unido o Alice Weidel en Alemania, y ha llegado a felicitar personalmente a la líder de la AfD tras sus éxitos electorales.
Detrás de esta estrategia global se adivina la impronta de Steve Bannon, el artífice de la victoria de Trump, que ha actuado como activador y «adoctrinador» de la ultraderecha europea. Bannon, que creó en Bruselas una organización llamada «The Movement» para asesorar a los partidos antiinmigrantes del continente, ha visto en la influencia y el dinero de Musk «armas valiosas» para extender el populismo MAGA por Europa. Lo que tenemos, pues, no es solo un movimiento político, sino una internacional ultraderechista con apoyo financiero, asesoramiento estratégico y el control de los principales canales de comunicación digital.
La lista de apoyos no termina ahí. El propio Donald Trump se ha sumado a esta estrategia de legitimación. A través de su red social, Truth Social, publicó la noche electoral la proyección que confirmaba el aplastante triunfo de la AfD en Sajonia-Anhalt. Sin necesidad de añadir una sola palabra, Trump otorgó visibilidad y un espaldarazo simbólico a la formación ultraderechista ante sus millones de seguidores. La red que conecta la Casa Blanca, las plataformas digitales y la ultraderecha europea es ya un hecho consumado.
La victoria de la AfD en Sajonia-Anhalt no es un suceso en un mapa, sino una nueva fractura que cruje en la placa continental europea. Una grieta más en un suelo que ya venía resquebrajándose desde Hungría, Italia y antes Países Bajos, un movimiento telúrico que ha sido gestado desde despachos y algoritmos que no conocen fronteras.
Conclusión: es el fin de una era, no el retorno al mismo ciclo
Más que un retorno al pasado, presenciamos el colapso del consenso político de posguerra. Ese consenso se sustentaba en la fe en un crecimiento perpetuo que hoy se ha desmoronado. El debate ya no es si el capitalismo puede reformarse, como propone el Gran Reset del Foro de Davos, o si debe ser sustituido por un modelo de decrecimiento que ponga límites al expolio del planeta (eso si, salvando el nivel del Primer Mundo). La ultraderecha ha hecho de esa incertidumbre su combustible y, aunque no ofrece ninguna respuesta clara, es el refugio identitario contra el vértigo de las masas ante un mundo que ya no puede prometer nada.
El cordón sanitario ha fracasado porque no ha abordado las causas profundas del descontento. Ignora la desigualdad social creciente, la exclusión y la marginalidad que se extienden como mancha de aceite. A todo ello se suma la instrumentalización del miedo —el miedo al otro, al extranjero, al cambio— y la percepción de injusticia en un mundo que gira a 120 segundos por minuto. Pero hay más: la fascinación y el pavor que despierta la inteligencia artificial, ese hype tecnológico que promete resolverlo todo y amenaza con dejar a millones sin empleo, ni sentido como consumidores siquiera porque su mera existencia “presiona los límites del planeta”. Ante ese vértigo doble el de la globalización y el de la automatización, la reacción humana es predecible. El repliegue, la vuelta a lo totémico, a las pasiones primarias, lo local, el «nosotros primero», las fronteras y las alambradas.
Pero que la ultraderecha haya sabido capitalizar ese malestar no significa que tenga las respuestas. No ha llegado para arreglar nada, sino para agravar los problemas que dice querer resolver. Sus recetas como el cierre de fronteras, el aislamiento económico, la confrontación entre los socios europeos (alimentadas desde fuera), no combatirán las verdaderas causas de la inflación —el capitalismo extractivo acelerado desde la crisis de 2008—, ni crearán empleo, ni restañarán las heridas de una sociedad dividida.
Al contrario, profundizarán la fractura social y debilitarán a Alemania en un mundo que exige resiliencia, cooperación e interdependencia, no el repliegue egótico de un nacionalismo umbilicalmente vuelto sobre sí mismo. Ese giro a la ultra derecha es también el fin de lo colectivo y el auge del individualismo consumista, que ha erosionado la fe en sindicatos, asociaciones y en la propia ágora o lo social. Reduciendo a cada persona a un grano de arena en la tolva del Futuro, pasando por el estrechamiento del Presente a la tolva inferior del Pasado.
La ciudadanía se siente impotente, pero la impotencia no es silencio. Hay quien grita, hay quien escribe, hay quien se planta y se organiza, con imaginación. La sociedad no está muerta, solo espera su momento. Pero la securitización [PDF] está diseñada no solo para contener en las fronteras, también para silenciar la disidencia interior y en esto completa el cuadro futuro. Por ejemplo, en UK. Lo que antes era disidencia como los activistas de ‘Palestine Action’, y los manifestantes pacíficos en su favor; ahora se criminaliza con penas de cárcel desproporcionadas a los primeros y con cargas policiales, arrestos y multas ejemplarizantes a los segundos.
La botella de Klein, que abre este artículo y sobre la que hemos proyectado el nuevo Mapamundi aprobado por la Asamblea General de la ONU [1], no es solo una metáfora visual del nacionalismo supremacista o de la vieja geopolítica. También de una Europa que, al replegarse sobre sí misma y obsesionada con la seguridad, acaba por confundir defensa con represión y al extranjero o el disidente con el enemigo.
La advertencia es clara, pero también lo es la oportunidad para caer en cuenta del juego, de la manipulación, de los riesgos. El descontento que alimenta a la AfD es real y no desaparecerá con muros, ni exclusiones. Solo una política que recupere la confianza de quienes se sienten abandonados —invirtiendo en bienestar, justicia social y un futuro compartido e interconectado— podrá ofrecer una alternativa creíble a la deriva autoritaria.
Aquí aparece la verdadera encrucijada europea. Porque mientras se intenta contener el malestar interno, las elites y la UE nos encaminan a una nueva lógica de bloques, rearme y confrontación. La tensión con Rusia no tiene un desenlace escrito, como tampoco está escrito que Europa deba aceptar eternamente una posición subordinada a Washington. Ni que su única respuesta a la incertidumbre sea elevar el gasto militar hasta el 5% del PIB. Alemania, Polonia, Francia, Italia y Ucrania parecen querer ser las piezas centrales de la nueva carrera armamentística. Pero Europa todavía puede elegir otro papel y dejar de ser únicamente un territorio que se rearma, para convertirse en un actor capaz de hablar, de negociar, intercambiar y defender sus propios intereses en paridad. Sin hipotecas del pasado. Sin tutelas ni lineamientos encaminados a nueva guerra fría 2.0. Ni vernos atrapados en la vieja lógica geopolítica de Brzezinski. Aquella que concebía Eurasia como el escenario a dominar para garantizar la primacía mundial de Occidente. ¡Eso se acabó!
África y Asia son el futuro porque el 60% de la población mundial vive allí, o porque generan el 45% del PIB mundial (en paridad de poder adquisitivo). Pero será el futuro que ellos conciban no el que prescriban Washinton/Londres, o el seguidismo de la UE.
Desde la Europa de los pueblos cuesta aceptarlo. No es fácil aceptar que no hay un mundo seguro al que regresar, ni un nuevo paraíso asegurado. Europa solo tiene una opción, recuperar su propia capacidad de decidir, sin tutelas ni fórmulas prestadas. Eso significa gestionar sus fronteras sin convertirlas en trincheras, defenderse sin hacer de la guerra su horizonte y reducir su dependencia exterior sin encerrarse sobre sí misma. Pero, sobre todo, significa dejar de ofrecer a sus ciudadanos el miedo como política y los enemigos como identidad. No es una salida cómoda ni voluntarista; es una camino activo y la Historia no espera. Al menos no para los que no queremos ser solo arena inerte cayendo en el reloj de Kronos.
Volviendo a Alemania, y con ella Europa, hemos recibido un aviso. Ignorarlo sería un error. Rendirse a la fatalidad, otro mayor aún. El futuro no está escrito. Precisamente porque el viejo consenso se ha agotado, todavía existe la posibilidad de construir otro.
(*) Contenido y responsabilidad exclusivos del autor. Se ha usado IA para no exceder las 3.000 palabras.
[1] Pressenza – 05/09/2026 – “La ONU corrige la proyección cartográfica global para reflejar con exactitud el tamaño de los continentes”