Por: Edmundo "Mundy" Fuster. Consultor y Columnista de Opinión
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El 20 de julio de 1969, la Apolo 11 pisó el suelo lunar y Neil Armstrong pronunció una frase inmortal:
«Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad». Tenía razón, desde luego. Aunque hoy sigan existiendo terraplanistas y antivacunas que duden de aquel hito, el libre albedrío demuestra que es imposible conformar a todos.
Rescatando las palabras de Armstrong, bien podríamos parafrasearlo para definir nuestra idiosincrasia: ser argentino es un pequeño paso en el día a día, pero un gran salto hacia la locura.
Las pruebas de esta dinámica abundan en nuestra historia reciente:
A fines de 1965, la ONU reconoció formalmente el diferendo con Gran Bretaña por las Islas Malvinas. Apenas seis meses después, un golpe de Estado durmió el reclamo en el sueño de los justos. Análogamente, el 30 de marzo de 1982, el sindicalismo encabezó la mayor marcha contra la dictadura bajo el lema «Paz, Pan y Trabajo», sofocada con gases, palos y detenciones. Tres días más tarde, tras el desembarco en Malvinas, la misma Plaza de Mayo se llenó de banderas en apoyo a la gesta; los mismos ciudadanos celebraban en el mismo suelo donde 72 horas antes habían sido reprimidos.
Tras la derrota, los combatientes regresarían al continente entre la invisibilización y el desamparo de décadas. Más tarde, los años noventa prometieron un cambio de rumbo en las relaciones internacionales con Estados Unidos, caracterizado por una cercanía pragmática que poco resolvió sobre la soberanía.
Con los años, el péndulo de la opinión pública se trasladó también al deporte. A Lionel Messi se lo denostó despiadadamente en su momento hasta llevarlo a renunciar a la Selección Argentina; luego pasamos a la idolatría absoluta. Y cuando ocurrió el triste fallecimiento de su padre, Jorge Messi, la conmoción popular y la carta de despedida de la Pulga lograron cortar la respiración de todos. En ese instante no hubo grietas ni escepticismos: el pueblo se unió en el dolor porque percibió el sentimiento genuino.
Somos esa contradicción en estado de pureza que describió con maestría el filósofo español Julián Marías. Cambiamos de piel, de discurso y de postura sin despeinarnos; y en la política, esa volatilidad se potencia.
Recientemente, tras un partido contra Inglaterra en la Copa del Mundo, una sábana colgada como pancarta con la leyenda "Las Malvinas son Argentinas" dio la vuelta al mundo. El fervor patriótico parecía unificar las dolencias de un país entero. Sin embargo, cuando desde la gestión presidencial se buscó canalizar ese sentimiento en un anuncio de Estado para proteger los recursos hidro carburíferos de la zona, la reacción no fue la de 1982: la oposición cuestionó el movimiento por oportunista y el entusiasmo popular se diluyó rápidamente.
El problema radica en que ningún símbolo nacional puede eclipsar la angustia cotidiana de no llegar a fin de mes. Son dinámicas que corren por planos distintos: en plena Guerra de Malvinas el campeonato de fútbol local continuaba su curso.
Argentina transita entre discursos de moderación y exabruptos dirigidos al periodismo o a las consultoras, mientras las inversiones postergan su llegada ante la falta de previsibilidad. Al mismo tiempo que una obra de infraestructura troncal queda abandonada tras desembolsos millonarios, en otros puntos del país se inauguran pequeños proyectos locales con pomposidad. El verdadero dilema no es el deporte ni las figuras públicas, sino el fenómeno por el cual el ciudadano común, al convertirse en funcionario, distorsiona su vínculo con la realidad.
Como cantaba Joan Manuel Serrat: «Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio». En Argentina nos empeñamos en demostrar que la verdad duele, pero también en postergar la solución repitiendo los mismos errores.
Tal vez el plan económico actual requiera tiempo y logre corregir un rumbo pendular de décadas. Pero en el camino emergen preguntas inevitables: ¿cómo atraviesan esa espera los jubilados, los trabajadores, los comerciantes y la industria nacional? Y si el péndulo vuelve a girar en el próximo ciclo electoral, ¿comenzaremos de nuevo desde cero?
Hasta hoy no hay respuestas que tranquilicen y mucho menos que ilusionen. Visto lo visto, el sabio Don Julián se quedó corto: los argentinos somos bastante más.
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