El estudio analizó 60 muestras de suelo tomadas durante distintos ciclos de cultivo y permitió identificar más de 1.200 especies de hongos micorrícicos, organismos que viven asociados a las raíces de las plantas y cumplen funciones esenciales en la absorción de nutrientes, la protección frente a enfermedades y la resistencia al estrés. Los resultados indican que el sistema agrícola tradicional de Sarayaku no perturba estas complejas redes de micelio que se extienden bajo el suelo.
La agricultura de Sarayaku se sustenta en una concepción del territorio como una “selva viviente” o Kawsak Sacha, donde los seres humanos forman parte de una red de relaciones con la naturaleza. Sus chakras atraviesan cuatro etapas: cultivo, producción, descanso y recuperación, hasta que, después de aproximadamente 15 a 20 años, el terreno puede volver a convertirse en bosque. La investigación sugiere que esta rotación, realizada a pequeña escala y en un territorio donde predominan los bosques conservados, permite que el suelo mantenga su capacidad de regeneración. Así, una práctica transmitida durante generaciones aparece también como una alternativa concreta frente a modelos agrícolas que deterioran progresivamente los ecosistemas.
Otro valor central de estos hallazgos, que se enmarcan en el proyecto SACI (Ciencia Intercultural) es que muestra que es posible un diálogo respetuoso entre comunidad e investigación científica, en un ejercicio investigativo en el que el pueblo Sarayacu participó en el proceso investigativo y la gestión de la información. Para el pueblo kichwa, demostrar científicamente la importancia de sus prácticas puede fortalecer sus argumentos para defender un territorio de aproximadamente 135.000 hectáreas, donde alrededor del 95 % corresponde a bosque primario. Proteger la selva también significa reconocer los conocimientos de quienes la han cuidado durante generaciones y entender que debajo del bosque existe otra inmensa red de vida que todavía estamos aprendiendo a conocer.