Por: Rodrigo Díaz Bermúdez. Fuente: Agencia Pressenza
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Imagen- Blu Radio.
Cuando era niño, allá en Costa Rica, no conocía las pruebas PISA ni imaginaba un mundo gobernado por algoritmos e inteligencia artificial. Recuerdo, sin embargo, algo que hoy me parece valioso: la gente pensaba diferente. Después de más de cuarenta años viviendo en el Caribe, observo con preocupación una tendencia creciente a uniformarlo todo.
Los resultados de PISA 2025 son una señal que no debemos ignorar. El promedio de la OCDE cayó nuevamente en lectura y matemáticas. En medio de este descenso me llamó especialmente la atención Costa Rica, mi país de origen: mantuvo prácticamente sus resultados en lectura y matemáticas y aumentó 13 puntos en ciencias. No tengo una explicación definitiva para ello. Puede haber factores propios de su sistema educativo, pero el dato merece ser estudiado.
Lo que PISA mide no es la inteligencia total de una generación, pero sí capacidades fundamentales para comprender, razonar y resolver problemas. Por eso me pregunto: ¿cómo es posible que tengamos más información, más tecnología y más herramientas intelectuales que nunca y, al mismo tiempo, observemos un deterioro de algunas capacidades básicas?
Aquí utilizo una expresión deliberadamente provocadora: “la nueva estupidez funcional”. No significa que nuestros jóvenes sean estúpidos. Significa algo distinto: una persona puede ser perfectamente capaz de funcionar dentro de un sistema —seguir instrucciones, utilizar dispositivos, encontrar respuestas y cumplir procedimientos— y, sin embargo, tener dificultades para pensar por sí misma, cuestionar, relacionar ideas o formular preguntas nuevas.
La uniformidad facilita la administración. Una sociedad cuyos comportamientos pueden clasificarse, medirse y predecirse resulta más fácil de organizar. Lo veo simbólicamente en las imágenes de las cárceles de El Salvador, donde la individualidad queda visualmente absorbida por la masa. Lo veo también en la producción industrial de China y, de otra manera, en sociedades donde las diferencias están determinadas por el dinero y el poder.
Byung-Chul Han ha advertido sobre la desaparición progresiva de la alteridad y el avance de “lo igual”. Harari, al estudiar las redes de información y la inteligencia artificial, plantea una cuestión todavía más inquietante: quién controla los sistemas que organizan la información termina teniendo una enorme influencia sobre la manera en que las personas conocen e interpretan el mundo.
La inteligencia artificial puede ampliar nuestra inteligencia, pero también puede uniformar nuestras respuestas. Hay una diferencia enorme entre decirle a una IA “ayúdame a pensar” y decirle “piensa por mí”. Si millones de estudiantes, profesores y profesionales utilizan las mismas herramientas para investigar, escribir y responder, debemos preguntarnos si estamos ampliando el pensamiento humano o estandarizando su forma de expresarse.
Tal vez la nueva estupidez funcional consista precisamente en esto: ser cada vez más eficientes para funcionar dentro de sistemas cada vez más inteligentes y, al mismo tiempo, menos capaces de cuestionarlos. Tener respuestas sin saber formular preguntas. Manejar información sin desarrollar criterio. Utilizar tecnología sin comprender sus efectos.
Cuando recuerdo aquella Costa Rica de mi infancia, no quiero regresar al pasado. Solo quisiera conservar algo que considero esencial: la posibilidad de ser diferente, de equivocarse, de disentir y de pensar de otra manera.
PISA puede medir conocimientos y competencias. Pero hay algo que ninguna prueba puede medir completamente: la capacidad de una persona para pensar contra la corriente. Y quizá esa sea una de las capacidades que más necesitaremos en el futuro.