Por: Marco Díaz. Fuente: Agencia Pressenza
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(Imagen de Facebook/Camilo CR)
Hay fechas que no son historia, son herida abierta. El 11 de septiembre de 1973 no fue un “pronunciamiento militar”, como intentan instalar los negacionistas. Fue un golpe cívico-militar, patronal y oligárquico, orquestado y financiado por el gobierno de Estados Unidos, contra el pueblo trabajador y contra todos los que piensan y pensaron un Chile más justo, solidario y socialista.
Los que bombardearon La Moneda no solo intentaban asesinar a un Presidente legítimo, bombardearon un proyecto. El proyecto que por primera vez en nuestra historia puso en el centro lo que para la derecha siempre ha sido inaceptable: la soberanía sobre nuestros recursos naturales. El cobre en manos chilenas. La tierra para quien la trabaja. La fábrica bajo control de sus obreros. Eso fue lo que desató el odio visceral de la derecha patronal. No les dolía Allende, les dolía que el roto, el obrero, el campesino, se había puesto de pie y había dejado de pedir permiso para tener dignidad.
Por eso el odio fue de clase y fue total. Porque ese gobierno legítimo, elegido en las urnas por el pueblo, había puesto el acento donde nunca nadie se había atrevido: en la dignidad del pueblo trabajador, en los niños con su medio litro de leche, en las niñas y jóvenes con educación como derecho y no como negocio. Había demostrado que se podía gobernar con y para los más postergados. Y eso, para la oligarquía que siempre se creyó dueña del fundo llamado Chile, era imperdonable.
El golpe no fue una reacción, fue una acción planificada. La patronal que acaparó y especuló, los medios de comunicación orquestados por El Mercurio, que mintieron sin vergüenza y lo siguen haciendo, los gremios del privilegio que paralizaron el país, los militares traidores y el imperialismo norteamericano que no podía permitir un ejemplo socialista y soberano en el patio trasero. Se unieron para poner fin a sangre y fuego a un gobierno legítimo, porque las urnas ya no les servían para defender sus privilegios.
Lo que vino después lo sabemos: muerte, tortura, desaparición, exilio, cesantía y el Código Laboral de Pinochet que hasta hoy nos encadena. Nos impusieron a balazos el modelo que Boric y los progresistas de hoy junto a la derecha administran sin cuestionar .
Por eso sostengo que fue una derrota que no ha sido breve. Porque la herida sigue abierta en cada sueldo mínimo que no alcanza, en cada pensión de miseria de las AFP, en cada niño hacinado, en cada libra de cobre que se sigue llevando al extranjero para enriquecimiento de unos pocos, al igual que el litio, nuestros bosques y nuestro mar.
Y por eso, a 53 años, la tarea sigue intacta. Chile no necesita maquillaje ni administradores del modelo heredado de la dictadura. El pueblo trabajador necesita, con urgencia, un cambio estructural profundo y de carácter soberano, socialista, que ponga de una vez por todas a los más postergados al centro de toda su acción. No hay otra salida.
El capitalismo es un fracaso que se niega a morir usando el esfuerzo de millones de trabajadores y trabajadoras para sostener la desigualdad el egoísmo y la condena a una vida precarizada y triste.
Vienen tiempos de lucha y unidad, pero hay que estar atentos a los filibusteros y traidores.
El pueblo debe tener un programa de transformación, que requerirá tomar partido.
Los meses y años venideros deberán ser de luchas verdaderas y conducidas por dirigentes coherentes y con lealtad a las demandas del pueblo.
La derrota no ha sido breve, pero tampoco puede ser eterna.
Aún tenemos patria ciudadanos!!!