Por: Luis Mesina Marín. Fuente: Agencia Pressenza
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(Imagen de Gobierno de Chile)
Una parte importante de la población actual aún no nacía hace 53 años. Aquel martes 11 de septiembre significó, para una generación clave, la tragedia más grande en la historia nacional. La muerte del presidente Salvador Allende en un palacio de gobierno bombardeado no es un hecho trivial; representa, para el caso chileno, el límite más brutal al que se puede llegar cuando los sectores oligárquicos ven amenazados sus privilegios.
No se conoce en América Latina un hecho con las características de la experiencia chilena, del cual debieran sentir vergüenza quienes apoyaron y celebraron el derrocamiento de la Unidad Popular. No se trata meramente de estar a favor o en contra de ese gobierno, sino de repudiar la transgresión brutal a la soberanía de nuestro país, toda vez que se ha confirmado que el golpe fue impulsado y financiado directamente por la administración estadounidense de la época.
Cuando la felonía se constituye en herramienta política, la sociedad colapsa de forma íntegra. Conmemorar esta fecha exige no caer en fanatismos ni en ideologías que obnubilen los hechos tal cual ocurrieron, los cuales son fundamentales para que las futuras generaciones conozcan, desde una perspectiva histórica, los alcances de ese fatídico día.
No hay honestidad en el análisis cuando los periodistas de los medios masivos se presentan como jueces imparciales para relatar la historia. Mienten. Siempre se sirve al medio que pone el dinero. Por ello, es sano transparentar desde qué vereda se analiza; así se evitan los equívocos.
Los archivos desclasificados de los Estados Unidos, bajo la administración de Nixon y Kissinger, dan cuenta de una total complicidad en el quiebre democrático. De la misma manera, ha quedado clara la vinculación en la «traición a la patria» de Agustín Edwards, dueño de El Mercurio, quien al momento mismo de ser electo Allende corrió a EE. UU. a pedir apoyo para desestabilizar a un gobierno legítimo antes de que asumiera.
Hace una semana se recordaba el 4 de septiembre, día de la elección de Allende, trayendo a la memoria los hitos de ese proyecto popular, especialmente en materia de mejoramiento económico para la clase trabajadora.
Transcurridos 53 años, observamos un país que continúa polarizado. Esto se debe a que los sectores de la alta burguesía, durante este largo periodo, no hicieron más que profundizar la desigualdad, concentrar la riqueza y eliminar, mediante una propaganda sostenida y sistemática, a sus verdaderos opositores. Así, permitieron la existencia de una «oposición domesticada» que vocifera mucho, pero que finalmente se rinde a los intereses del gran capital. De la misma manera, se ha conformado una derecha que, llamada a ponerse al servicio de la nación, no vacila en alinearse con las políticas impulsadas por el imperio.
No es de extrañar que, a más de medio siglo de la tragedia, el embajador de los EE. UU. arengue ya no de forma sutil, sino descarada, para que el gobierno local se pliegue a sus intereses. No se entiende de otra manera cuando la administración de Trump interviene abiertamente en nuestra política exterior, presionando para que se suspendan los lazos comerciales con China y se pase a formar parte de su eje regional, en el que ya se han cuadrado varios jefes de Estado de la zona.
La vergonzosa actitud del Partido Republicano chileno, que juramentaba en su retórica un amor irrestricto a la patria y un discurso soberanista, hoy guarda un cómplice silencio frente a estos embates externos.
El golpe de Estado, fecha que hoy conmemoramos para no olvidar, tiene una importancia económica y social sin igual. Vale la pena colocar en un lugar de primacía las cuestiones centrales de ese periodo. Lo determinante fue la participación de los trabajadores en el ingreso nacional: por primera vez, lograron capturar más del 61% de este, un porcentaje que después del golpe nunca más volvieron a recuperar.
No es equivocado señalar que el golpe militar fue dirigido contra la clase obrera y, en consecuencia, afectó a los partidos que se reclamaban parte de ella. A 53 años, la clase trabajadora está desamparada por completo; carece de partidos que la representen genuinamente. Todos cayeron en el juego electoral y están sometidos a la institucionalidad de los poderosos, la cual los obliga a actuar únicamente «en la medida de lo posible».
La tarea, tras más de medio siglo del sacrificio del presidente Allende, sigue siendo la misma: construir poder desde las bases trabajadoras, pues es la única manera de mejorar estructuralmente sus condiciones. Seguir ilusionados en que los partidos del viejo sistema harán algo no es solo ingenuidad o ignorancia, sino que devela una actitud de resignación ante un modelo que se encarniza contra todo aquello que huela a derechos fundamentales. En el escenario presente, rememorar significa recordar, pero al mismo tiempo comprometerse a seguir resistiendo a pesar de las adversidades.
No hay mal que dure cien años, ni pueblo que lo tolere.
Luis Mesina Marín
Profesor de Historia, dirigente sindical, ampliamente conocido por su rol como vocero nacional y fundador de la Coordinadora Nacional No+AFP. Ha desarrollado una extensa trayectoria en el sindicalismo bancario, desempeñándose como secretario general de la Confederación de Sindicatos Bancarios y participando activamente en el debate sobre el sistema previsional chileno. También fue vicepresidente de la Central Unitaria de Trabajadores entre 2000 y 2001.