Por: Nicolás G. Recoaro. Fuente: Tiempo Argentino
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Antonio Sánchez Gómez
Del metal del diablo a los dragones dorados que devoran los ríos del Madidi; de los viejos barones del estaño alzados en el Altiplano a los nuevos patrones terratenientes que alambran el Oriente. Detrás del sueño húmedo del desarrollo extractivista siempre aguarda la misma pesadilla a secas: la pobreza y el despojo. En Bolivia, las venas abiertas nunca dejaron de sangrar.
En Remover la tierra, el español Antonio Sánchez Gómez —abogado ambientalista y cronista de alto vuelo— se propone documentar esa sangría desde el territorio. No es su primera vez: en Derrotero (2022) narró un river trip por la Amazonía ecuatoriana para denunciar otro despojo. Ahora llega a las librerías argentas de la mano de Omnívora Editora con un artefacto híbrido. Remover la tierra se mueve en un equilibrio inestable entre el ensayo urgente, el diario de viaje, la crónica gonzo y el manual de historia a contracorriente.

“Y buscamos la retórica apropiada, conscientes de que el mapa del extractivismo coincide con el mapa de la pobreza. Y de que una vez empobrecidos, los derechos de los habitantes del ayllu no valen nada”, tatúa el cronista para desenmascarar las consecuencias del capitalismo extractivo sobre el territorio boliviano. Sánchez Gómez no solo consulta expedientes judiciales y datos satelitales; escala a más de 4000 metros de altura en micros destartalados, cuenta las penurias de las palliris en las minas de Llallagua y navega los ríos explotados y contaminados en el corazón de un parque nacional. La potencia de estas crónicas reside en la fuerza con que contrasta la fría burocracia de las demandas ambientales con la poética trágica de un paisaje que se oxida y se muere: barcas panza arriba tiradas en el salitre y el histórico lago Poopó —aquel que supo cobijar a miles de pelícanos y peces— convertido en una delgada costra carmín de copajira tóxica que no llega a cubrir los tobillos.

Pero detrás de la genealogía de los saqueadores y de sombras nefastas como la del criminal nazi Klaus Barbie, el presidente caudillo Manuel Isidoro Belzu, el magnate Simón I. Patiño o el agringado expresidente Goni huyendo en helicóptero hacia Miami, el relato no se hunde en el derrotismo. Sánchez Gómez recupera con delicadeza los perfiles de quienes se niegan a bajar los brazos: la memoria viva de Óscar Olivera y las jornadas de la Guerra del Agua en Cochabamba; la mirada de la antropóloga y cocalera angloboliviana Alison Spedding resistiendo en los Yungas; o el andar silencioso de los comunarios del ayllu San Agustín de Puñaca que defienden su soberanía hídrica.
Remover la tierra no es un mero inventario de catástrofes ecológicas ni una elegía por lo perdido. Es una lección de pedagogía territorial que desnuda cómo cada gramo de mineral arrancado a las entrañas andinas sostiene el brillo ilusorio de nuestros consumos urbanos. También, y sobre todo, una cartografía de la dignidad boliviana.
Ya va a aparecer, dice Germán, pero lo mismo dijo hace treinta kilómetros. De momento, solo las matas de totora siguen difuminándose tras la ventanilla. Y yo no sé si aparecerá antes de que anochezca. El ascenso constante por la puna nos hace rozar los 4000 metros sobre el nivel del mar. Germán esquiva los montículos de tierra y las vicuñas brincan confundidas con los virajes del jeep. Estas dunas son nuevas, se impacienta, están ganando terreno, y da otra vuelta al cassette de los repetitivos e hipnóticos huainos. En el parabrisas se acumula el polvo proveniente del oeste y el cauchi, capaz de absorber la sal, se convierte en el único arbusto imperante. Una franja anaranjada ocupa el escaso horizonte, entre cumbres y nubes, cuando empezamos a sortear barcas panza arriba, desvencijadas y herrumbrosas. Con tanta sal, todo se oxida rápido acá, explica Germán, y se sube la visera como para otear mejor. Ya tiene que aparecer. Pero seguimos traqueteando sobre un páramo ahora desprovisto de follaje, cuarteado, salinizado. Nunca había visto la base de esa chullpa, alza el mentón hacia un torreón de piedra que se yergue sobre la planicie, proyectando la primera sombra desde que salimos de Puñaca, hasta bien arribita estaba cubierta, Germán señala la cúspide derruida. Pasado el roque mortuorio, frena, se apea y hace pantalla con la mano, ¡ahí está!, exclama aliviado. Al bajar del vehículo me inunda un olor salobre, miro hacia donde indica y solo veo un suelo blancuzco que se extiende hasta los cerros. Germán intuye mi extrañeza, ahí, insiste. Y entonces veo cómo se desplaza el piso níveo. Alzo la vista hacia el movimiento de las nubes y comprendo que se están reflectando abajo, en un mínimo espejo de agua.
Así que esto era. Avanzo por el mosaico agrietado, haciendo crujir escamas de peces fundidas en salitre. Islotes destinados a convertirse en colinas rompen el cristal líquido. Los rayos del sol poniente confieren tonos crepusculares a los nubarrones y su reflejo se torna rojizo, distinguiéndose ahora de la costra de sal ribereña.
Recién que baja la luz se ve el verdadero color del agua, dice Germán, carmín, por la copajira.
Ah, respondo decepcionado.
Sentado en su orilla, descalzándome a su altura, le pongo cara al fin, tras tantos meses de inferirlo a través de mapas, instantáneas y gráficos. Los textos utilizados para elaborar la demanda hablaban de un inmenso humedal, parada anual de miles de pelícanos altoandinos. En las fotografías, por encima del verde litoral, los urus tiraban las redes desde sus barcas, en busca de los abundantes peces que cobijaba. Las estadísticas señalan hoy la desaparición de esa fauna. Los estudios prueban que las mineras asentadas junto a los afluentes desvían sus aguas y una vez utilizadas las devuelven mermadas, sedimentadas y contaminadas. Se constata también una evaporación acelerada por el calentamiento global. Las últimas imágenes satelitales muestran la drástica reducción del lago Poopó, que llegaba a tener doce metros de profundidad en este punto.
Podemos atravesar el charco entero, dice Germán, no nos va a cubrir los tobillos.