domingo 20 de septiembre de 2026 - Edición Nº2846

Cultura | 20 sep 2026

Impácto de Nuevas Tecnologías en la Memoria

Ian McEwan: “Solo un tonto volcaría en Internet sus pensamientos más íntimos”

09:25 |En su última novela, "Lo que podemos saber", el escritor inglés indaga en la forma en que las nuevas tecnologías impactan en la memoria y en la forma en que esta época será percibida en un futuro no demasiado lejano.


Por: Astrid Riehn. Fuente: Tiempo Argentino.

Escritor Ian McEwan- Foto: Annalena McAfee.

En su última novela, "Lo que podemos saber", el escritor inglés indaga en la forma en que las nuevas tecnologías impactan en la memoria y en la forma en que esta época será percibida en un futuro no demasiado lejano.

Corre el año 2119. El calentamiento global hizo subir los mares de forma descomunal, haciendo desaparecer bajo sus aguas ciudades enteras como Glasgow y Nueva York. El Reino Unido quedó desintegrado en una serie de pequeñas islas, algunas casi inaccesibles. Las guerras climáticas y nucleares redujeron la población mundial a menos de la mitad; la flora y fauna que puebla el planeta es menos variada que la que conocemos hoy. América del Norte se desangra en numerosas guerras entre facciones, mientras que Nigeria es la nueva potencia: detenta el control de Internet. Sin embargo, sería un error describir la nueva y deslumbrante novela del británico Ian McEwan, Lo que podemos saber (Anagrama, 2026), como una distopía, ya que se sitúa en el periodo de relativa paz posterior al “Desarreglo”, el nombre que da el novelista al caos climático que comenzó a partir de 2030. Ese gran desajuste también trajo sus ventajas: los desastres provocados por el hombre ralentizaron el avance de la IA, a la que los jóvenes solo pueden acceder en pequeñas dosis; la menor cantidad de metales disponibles frenó la aceleración tecnológica y el descenso de la población hizo aumentar los matrimonios interraciales, por lo que hay menos racismo y una mejor salud en general debido a la ampliación del acervo genético. Por si fuera poco, los desastres hicieron que la literatura mundial produjera “algunas de sus elegías más hermosas”.

Desde ese siglo XXII, Thomas Metcalfe, un profesor británico especializado en Literatura en Inglés de 1990 a 2030, busca desesperadamente dar con un poema titulado “Corona para Vivien” que el gran poeta Francis Blundy escribió en 2014 para homenajear a su esposa en su cumpleaños. Leído por el poeta una sola vez en voz alta durante una cena íntima con amigos, se considera perdido desde entonces. El poema es visto por Thomas y muchos de sus contemporáneos como “un monumento a la civilización biológica amenazada” , un testimonio de ese mundo de hace más de un siglo. Thomas investiga y, entre otras cosas, debe hacerle frente a un enorme caudal de e-mails y SMS en principio anodinos de Francis, su esposa y su círculo más cercano, pero entre los cuales podría encontrarse la Piedra de Rosetta que le permita llegar al poema perdido.  

Ian McEwan: “Solo un tonto volcaría en Internet sus pensamientos más íntimos”

“No creo haber escrito nunca nada muy significativo en un e-mail y muchísimo menos en un mensaje de texto, así que no tengo ninguna inquietud al respecto. Creo que solo un tonto volcaría en Internet los pensamientos que le son más íntimos”, dijo McEwan a Tiempo Argentino respecto de su propia huella digital durante una rueda de prensa organizada por la editorial Anagrama con medios españoles y latinoamericanos. Él mismo aseguró que donó todos sus mails del periodo 1996-2013 a una Biblioteca de Texas. “Pero creo que perdimos algo. Si uno piensa, por ejemplo, en las cartas de Napoleón, que escribía en promedio unas 3.000 palabras por día durante su vida adulta, o las cartas de Charles Darwin… Hay algo que lamento de los años de Internet en comparación con cuando empecé a escribir de joven. La privacidad está amenazada, pero tal vez, lo que es más importante, lo están el arte de la soledad, el gusto por la soledad.  Hay menos silencio. Hay menos privacidad. Hay menos capacidad para simplemente dejar que la mente vague. Esa capacidad de pasear por tu propia mente como si fuera un jardín se nos fue escapando”. En palabras de McEwan, seremos muy copiosos para cualquier investigador en el futuro (siempre que Internet sobreviva), pero a expensas de la profundidad. “No vamos a ver las almas al desnudo de la gente porque no hay mucha gente escribiendo de persona a persona. En cierto modo, tenemos más información sobre los autores de cartas del siglo XIX que la que va a tener el futuro con nuestras aportaciones a Internet”, señaló el autor.

Desnudar el alma humana probablemente haya sido uno de los principales objetivos de McEwan como escritor. Sus novelas ahondan en los sentimientos más ambiguos y oscuros de sus personajes. Basta recordar la tragedia que desata la pequeña Briony cuando confunde un escarceo amoroso con una violación en su novela Expiación y la culpa y el secreto con los que debe vivir luego hasta el fin de sus días; o la dolorosa ruptura a la que se enfrentan los jóvenes recién casados de Chesil Beach por no poder poner en palabras la vergüenza y el temor que sienten. También Thomas, el investigador de esta novela, descubre que muchas de sus suposiciones sobre el matrimonio de los Blundy pueden haber sido equivocadas. “Me gustaría gritar por un agujero en el techo del tiempo y aconsejar a la gente de hace cien años: si queréis guardar secretos, susurrádselos a los oídos de vuestro ser más querido, vuestro amigo de mayor confianza. No os fieis del teclado y la pantalla”, le hace decir McEwan a su investigador en la novela.

Ian McEwan y el futuro

“Esta novela no es una predicción. Apenas sabemos qué va a pasar mañana. Es una forma de especular, en parte, sobre cómo escribimos la historia o la biografía; sobre cómo interpretamos el pasado, cómo nos ubicamos dentro de la historia, y lo difícil que es eso. Es muy difícil entender el presente, y ni hablar del pasado. Ya estoy en una edad en la que voy más a velorios que a casamientos y nacimientos. Muchas veces, estando ahí, me entero de un montón de cosas sobre personas que estuvieron en mi vida durante muchísimo tiempo. Y me doy cuenta que pasé años y años sin saber algunos aspectos fundamentales de sus vidas. Siempre siento un poco de vergüenza, pero también un poco de orgullo por la persona fallecida”, señaló McEwan, que forma parte de una generación de grandes novelistas británicos nacidos en la década del ’40 como Julian Barnes y Martin Amis y cuya obra fue traducida a más de 30 idiomas. “Parte de esta novela nace de mi amor por la biografía literaria. Si uno lee tres biografías del mismo escritor, tiene inevitablemente a tres personas distintas ante sí. Eso me dio el título, Lo que podemos saber. Podés estar muy cerca de figuras del pasado y, sin embargo, las estás mirando a través de una pantalla de vidrio muy gruesa”, añadió.

Ian McEwan: “Solo un tonto volcaría en Internet sus pensamientos más íntimos”

Foto: MTSlanzi

Curiosamente, McEwan, que escribió cuentos pero saltó a la fama mundial sobre todo por sus novelas, colocó en el centro de Lo que podemos saber un poema. “Probablemente, la poesía representa la cumbre de todas las posibilidades de expresión en cualquier idioma. Esta novela es una especie de celebración de la poesía, que fue mi primer amor de adolescente, antes de empezar a leer novelas en serio”, aseguró. Eso no significa que se identifique con lo que afirma la escritora Mary Sheldrake, uno de los  personajes de su última novela, quien asegura que son “los poetas los que escriben el libro de la vida” y considera la novela “una frivolidad de los siglos recientes”. “Llevo 53 años haciendo esto, así que difícilmente vaya a descartar el trabajo de toda una vida como una actividad frívola”, señaló McEwan.

“La novela es una máquina maravillosa para explorar nuestra condición humana. Me acuerdo de que cuando empecé a escribir en 1970, todas las revistas literarias estaban llenas de artículos titulados ‘¿Murió la novela?’. Tuvo muchísima competencia, por supuesto. Pero creo que la razón esencial por la que no puede morir es que sigue siendo nuestro mejor medio para examinar la vida mental de los demás, además de la propia. Captura, de una manera que no creo que logran el cine ni el teatro, la forma en que fluyen la conciencia y el pensamiento. La omnisciencia, la idea de que un novelista puede leer la mente de cinco personas que están conversando en un mismo salón, esa es una fantasía deliciosa. Pero esa es solo una parte. Lo otro es la relación entre las personas, la naturaleza del malentendido, pero también el hecho de ubicarnos dentro de un contexto histórico y social”, afirmó.

McEwan cree posible que, en el futuro, la novela se convertirá en una forma de nicho; que quizá miremos hacia atrás, a la época en que escritores como Charles Dickens, León Tolstói o Gustave Flaubert le hablaban casi a una nación entera y lograban representarla en la ficción, con cierta nostalgia. Pero así y todo, seguirá siendo viable. “Todavía no le encontramos un reemplazo. Quizás llegue un momento en que descubramos que podemos dejar a la IA crear historias sobre nosotros, reuniendo todo lo que pueda encontrar en Internet y ubicándonos dentro de una historia. Pero ni siquiera eso nos va a dar, me parece, la belleza y el placer que nos da la novela”, apuntó.

Una tarea para el futuro: evitar el desánimo paralizante

 

Como una suerte de Julio Verne contemporáneo, en su nueva novela Ian McEwan imagina el futuro pero, sobre todo, reflexiona acerca de cuál será la mirada de los protagonistas de ese futuro sobre nosotros.  “Qué brillante inventiva y qué codicia tan estúpida. Qué música, qué arte de mal gusto, qué correrías disparatadas y sentido del humor: gente que volaba tres mil kilómetros para unas vacaciones de una semana; edificios que alcanzaban las nubes; la asolación de selvas enteras a fin de fabricar papel para limpiarse el trasero. Pero también desentrañaron el genoma humano, inventaron internet, arrancaron con la IA y situaron un hermoso telescopio dorado a más de un millón de kilómetros en el espacio”, hace decir el novelista a Thomas, el profesor que investiga el siglo XXI en Lo que podemos saber.

 

“Estuve muy involucrado en las discusiones y movimientos sobre el cambio climático en los últimos 25 años. De vez en cuando, nuestros pensamientos vuelven a las posibilidades de una guerra nuclear. Prácticamente todos los países del mundo se están rearmando a un ritmo masivo. El orden internacional de las cosas está cambiando. Pasamos un punto muy singular con la IA: ya hay programas que se perfeccionan a sí mismos, a los que se les encarga simplemente la tarea de escribir el código para su próxima versión. Tenemos la sensación de que el mundo se está volviendo más peligroso”, señaló el autor.

 

El interés de McEwan por la historia y también por el presente es una constante en gran parte de su literatura. Así como en Expiación –quizá su novela más famosa, llevada al cine en 2007 por Joe Wright – ahondó en la Segunda Guerra Mundial, que sus padres vivieron en primera persona, y en Sábado en las consecuencias del 11-S, como la posterior invasión de Irak en 2003, en Lo que podemos saber se centra no solo en los efectos del cambio climático, sino también en la actual falta de confianza en el futuro, fenómeno que los protagonistas del siglo XXII de su novela llaman, mirando hacia atrás a este siglo XXI, “Melancolía Metafísica”.

 

“Lo que somos y hacia dónde vamos se está volviendo una conversación preocupada permanente. Creo que la gran diferencia entre ahora y 30 años atrás es que, al menos en el primer mundo, que no estaba en guerra hasta hace poco, hay una sensación de que el futuro será peor que el presente. Lo escucho en el colectivo, en el tren: la mayoría de la gente cree que sus hijos y sus nietos tendrán una vida peor. Esto me lleva al problema último, que abarca el cambio climático, la IA o la guerra nuclear, y que es un pesimismo colectivo que tiene un efecto paralizante. Un desánimo metafísico se abatió sobre nosotros, y creo que ese desánimo es lo que debemos combatir ahora. Por eso hay un elemento de optimismo necesario en esta novela. Quizá sea la edad, o que tengo nietos, pero creo que mantener el optimismo probablemente sea nuestra mayor tarea, lo que le debemos al futuro, y lo que mejor podemos hacer por gente que nunca conoceremos: evitar un desánimo metafísico que nos paralice”, añadió.

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