Por: Noticias ONU
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Gabriela Vivacqua- Una agricultora camina por su campo de maíz en Sudán del Sur, donde los cultivos se han marchitado debido a la prolongada falta de lluvias.
El Niño se ha fortalecido en un planeta que ya es más cálido, aumentando el riesgo de sequías, inundaciones y pérdidas de cosechas en algunas de las principales regiones productoras de alimentos del mundo. Pero, a diferencia de muchos desastres, este puede verse venir. Un experto de la ONU asegura que los próximos meses ofrecen a los países una oportunidad no solo para proteger nuestra seguridad alimentaria, sino también para prepararse para el futuro de un clima cada vez más impredecible.
Una mañana fría y lluviosa recibió este martes en Nueva York a los presidentes y primeros ministros que llegaban a la sede de las Naciones Unidas para el inicio del 81º Debate General. Caravanas oficiales, vehículos de seguridad y delegaciones se sucedían en torno al complejo mientras arrancaba uno de los días más intensos del calendario diplomático.
Puertas adentro, los líderes iban y venían entre la Asamblea General, reuniones bilaterales y una apretada agenda de eventos, incluidos sobre el cambio climático. Este desafío global apareció, de una forma u otra, en buena parte de los discursos y conversaciones: sequías, inundaciones, calor extremo, aumento del nivel del mar y una presión creciente sobre los alimentos y el agua.
Todos son riesgos que El Niño amenaza con intensificar.
El fenómeno climático, que se origina a miles de kilómetros en el Pacífico tropical, ha vuelto fortalecerse, con consecuencias sobre las lluvias, el calor y la producción de alimentos en distintas regiones.
“El Niño es un fenómeno natural, pero está ocurriendo en un mundo más caliente, y eso significa que algunos de sus impactos se van a amplificar”, explicó a Noticias ONU Kaveh Zahedi, director general adjunto de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y responsable de la oficina climática de la agencia, que también se encuentra en la Gran Manzana donde, al margen de la Asamblea General, se celebra la Cumbre sobre Acción Climática.
Para los agricultores, esos cambios pueden traducirse en cosechas perdidas, menos agua y alimento para el ganado y, en los casos más graves, un aumento del hambre.
Pero, a diferencia de muchos desastres, El Niño “se anuncia”. Los científicos pueden seguir su evolución a medida que se desarrolla en el Pacífico, dando a los gobiernos un tiempo importante para prepararse, si cuentan con los medios y la voluntad para actuar.

© OMM/Ahnaf Ibne Nasir El Niño es un fenómeno climático natural asociado al calentamiento inusual de las aguas del Pacífico tropical, que puede alterar las lluvias y las temperaturas en distintas partes del mundo.
La señal que llega desde el Pacífico es cada vez más clara. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) asegura que El Niño se está fortaleciendo rápidamente.
“Esperamos que este El Niño sea muy fuerte. Esa es, de hecho, la categoría más alta que utilizamos. No tenemos una clasificación superior”, explicó este martes una portavoz de la OMM en Ginebra.
Se espera que el fenómeno alcance su máxima intensidad hacia finales de año, aunque sus efectos pueden prolongarse durante meses.
La FAO lleva esos pronósticos un paso más allá. Gracias a más de cuatro décadas de datos sobre cómo anteriores episodios fuertes de El Niño afectaron a la agricultura, puede cruzar lo ocurrido en el pasado con las condiciones actuales, los pronósticos estacionales y los niveles de inseguridad alimentaria.
Ese análisis permite identificar con mucha mayor precisión dónde puede golpear con más fuerza y, sobre todo, dónde y cuándo conviene actuar primero. En algunos casos, sus mapas llegan a una escala aproximada de un kilómetro cuadrado.
“Cuando juntas estas dos piezas de información, puedes hacerte una idea bastante buena de dónde se producirán los principales impactos de El Niño y de cómo van a afectar a los alimentos”, explicó Zahedi.
Entre las zonas que más preocupan están África austral y el Sahel, el Corredor Seco de Centroamérica y partes de Asia meridional y sudoriental, donde aumenta el riesgo de sequía agrícola. En otros lugares, la amenaza puede llegar en forma de lluvias intensas e inundaciones, mientras que unas aguas excepcionalmente cálidas pueden afectar a la pesca y a las comunidades costeras.
Durante el fuerte episodio de El Niño de 2023-2024, los rendimientos de cereales en Marruecos cayeron un 43% en medio de un calor extremo y una fuerte sequía. En África austral, la región sufrió su peor sequía en más de un siglo: 61 millones de personas necesitaron asistencia y más de ocho millones cayeron en la inseguridad alimentaria, mientras las malas cosechas empujaron al alza los precios de algunos alimentos básicos a nivel mundial.
“Tenemos una idea de lo que ocurrió la última vez cuando no estábamos preparados”, dijo Zahedi.

© PMA/ Gabriela Vivacqua Un agricultor inspecciona un cultivo de maíz afectado por la sequía en Zambia.
Prepararse puede ser sorprendentemente práctico: semillas resistentes a la sequía, mejor almacenamiento y gestión del agua, suelos más sanos, protección para el ganado y alertas que lleguen a los agricultores con tiempo suficiente para modificar las fechas de siembra o cambiar de cultivo.
“Hay mucho que podemos hacer”, aseguró Zahedi. “Tenemos tiempo de anticipación, pero tenemos que actuar rápidamente porque la ventana se está cerrando”.
“Tenemos que poner estas medidas en marcha para febrero o marzo, básicamente para proteger la próxima cosecha”.
Pero esas medidas no sirven únicamente para superar el próximo El Niño. Son también parte de lo que la agricultura necesitará para hacer frente a un clima cada vez más cálido e impredecible.
Gestionar mejor el agua, contar con alertas tempranas, recuperar los suelos o utilizar cultivos y ganado más resistentes puede proteger una cosecha hoy y, al mismo tiempo, reducir la vulnerabilidad de los agricultores en los años que vienen.
En palabras de la FAO, prepararse para El Niño es adaptación climática con el reloj corriendo más rápido.
La inversión, por tanto, tiene efectos que van más allá de una sola temporada: ayuda a amortiguar el impacto inmediato de sequías, calor o inundaciones y fortalece a largo plazo la producción de alimentos y la seguridad alimentaria.
Pero mientras aumenta la necesidad de prepararse, el dinero que llega a los sistemas agroalimentarios está disminuyendo.
Un análisis de la FAO que está por publicarse señala que la financiación para el desarrollo relacionada con el clima destinada a los sistemas agroalimentarios cayó un 10% en 2024, hasta los 26.900 millones de dólares.
Los cultivos, la ganadería, los bosques y la pesca recibieron apenas alrededor del 5% del total de esa financiación. En África, los recursos destinados a los sistemas agroalimentarios disminuyeron un 20%, incluso mientras aumentaba la financiación climática general destinada al continente.
“No está llegando suficiente dinero a los sectores productivos para aumentar su capacidad de resistir estos impactos”, dijo Zahedi. “Eso tiene que aumentar si queremos proteger la seguridad alimentaria, especialmente en un año con El Niño”.

© FAO/ Roberto Schmidt Kaveh Zahedi, Director General adjunto y jefe de la Oficina de Cambio Climático, Biodiversidad y Medio Ambiente de la FAO .
Ese debate continuará este miércoles en la Cumbre del Clima de Naciones Unidas, donde la adaptación y la financiación estarán entre los temas centrales.
El Niño le da una urgencia muy concreta. El fenómeno no puede evitarse, pero muchos de sus efectos pueden anticiparse y, en algunas de las zonas de mayor riesgo, todavía quedan meses para actuar.
“Invertir en adaptación frente a El Niño es una decisión obvia”, dijo Zahedi. “Ahora mismo tenemos una ventana de oportunidad”.
Y esa inversión no termina cuando pasa El Niño. Las mismas medidas que ayudan a proteger una cosecha frente a la sequía, el calor o las inundaciones pueden hacer que los sistemas agroalimentarios estén mejor preparados para un clima más extremo.
“No se trata simplemente de decir que están siendo afectados, que son las víctimas, sino de demostrar que tienen soluciones”, señaló.
Restaurar tierras degradadas, ampliar la agroforestería o hacer más sostenibles la ganadería y la acuicultura, añadió, puede ayudar a producir alimentos de forma más resistente, proteger la biodiversidad y reducir emisiones.
“No hay mejor inversión en clima, ni en seguridad alimentaria, probablemente tampoco en biodiversidad, que las soluciones en los sistemas agroalimentarios”.