Por: Fuente: Infobae.
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El autor identificó a América Latina con el espíritu Ariel y a Estados Unidos con el utilitarismo de Calibán.
A 126 años de su publicación, Ariel del ensayista uruguayo José Enrique Rodó sigue siendo uno de los ensayos más debatidos de América Latina —y uno de los más incómodos. Su operación central fue tomar tres personajes de La Tempestad de William Shakespeare y convertirlos en una alegoría política continental. Esa elección, brillante y problemática a la vez, define tanto la potencia del libro como sus límites más profundos.
El ensayo nació en un momento de quiebre. La Guerra Hispanoamericana de 1898 había confirmado la expansión imperial de Estados Unidos sobre Cuba y Puerto Rico. Rodó respondió con un texto filosófico que tomó prestado el universo shakespeariano para construir su argumento: Ariel —espíritu, cultura, idealismo— encarnaba lo que América Latina debía ser; Calibán —materia, utilitarismo, pragmatismo— representaba al coloso del norte; y Próspero, el mago sabio, era la voz del maestro que ilumina a la juventud.
La Tempestad fue escrita por Shakespeare alrededor de 1611, en plena expansión colonial británica hacia el Nuevo Mundo. Durante siglos se la leyó como una obra sobre magia, poder y redención. Pero a partir de los movimientos de descolonización de los años 60 y 70, críticos de África, el Caribe y América Latina comenzaron a releerla desde otro ángulo: Próspero como colonizador, Calibán como el nativo despojado de su isla y su lengua, y Ariel como el colonizado que colabora con el poder a cambio de una promesa de libertad que puede no cumplirse.
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El ensayo Ariel de José Enrique Rodó utiliza la obra La Tempestad para construir una alegoría política sobre América Latina. (AP Photo/Michel Spingler)
Rodó había anticipado, a su manera, esa lectura. En 1900 ya veía en Calibán el símbolo del sometimiento cultural. Pero su inversión fue parcial: convirtió a Calibán en Estados Unidos y a Ariel en América Latina, y dejó intacta la figura de Próspero como autoridad legítima. Lo que la crítica poscolonial posterior señalaría es que ese esquema ignoraba una pregunta incómoda: ¿quién es Próspero en América Latina? ¿La élite letrada que habla en nombre del continente sin representar a sus pueblos indígenas ni afrodescendientes?
Un estudio publicado en 2026 analizó la traducción del ensayo al mandarín realizada por Yu Shiyang. La investigación determinó que los paratextos de esa edición —prólogos, notas, comentarios— posicionaron el texto dentro de los discursos antihegemónicos que circulan en China y en sectores de la izquierda latinoamericana, mientras neutralizaban sus elementos más conservadores y eurocéntricos. El dato ilustra la plasticidad política del ensayo: un texto que sirvió de sustento ideológico a movimientos tan distintos como la Revolución Mexicana, el peronismo y el chavismo puede adaptarse también a contextos geopolíticos que Rodó nunca habría imaginado.
Esa maleabilidad es, al mismo tiempo, una de las críticas más persistentes que recibe el libro.
Desde las primeras décadas del siglo XX, la oposición al modelo anglosajón que Rodó formuló con elocuencia se convirtió en un argumento recurrente para eludir la autocrítica en América Latina. Al identificar a Estados Unidos con la fuente de todos los males materiales y a la región con una reserva espiritual amenazada, el arielismo ofreció una coartada cómoda: el enemigo siempre estaba afuera. Analistas del pensamiento latinoamericano señalan que esa lógica funcionó como cobertura para el populismo, el intervencionismo estatal y formas diversas de autoritarismo que, bajo el paraguas retórico del antiimperialismo, postergaron debates necesarios sobre pobreza, institucionalidad y desarrollo.
El filósofo uruguayo Mario Benedetti lo resumió con precisión: “En los primeros años del siglo XX, el ejemplo y la influencia de Rodó fueron los de un pionero”, pero ese liderazgo intelectual tuvo un costo.
El arielismo, en manos de sus seguidores más radicales, dejó de ser el escudo espiritual que el propio Rodó concibió para transformarse en un arma de identidad excluyente.
Leer Ariel hoy obliga a confrontar sus silencios. La “herencia espiritual” que Rodó defendía era greco-latina, humanista y europea; los pueblos indígenas y afrodescendientes simplemente no aparecen en su relato de lo latinoamericano. Esa omisión no es un detalle menor: es estructural, y revela los límites de su proyecto identitario.
Paradójicamente, la misma obra de Shakespeare que Rodó utilizó como herramienta de denuncia también exhibe esa tensión. En La Tempestad, Calibán reclama la isla como suya antes de la llegada de Próspero; su resistencia es la del despojado. Rodó tomó el símbolo pero ignoró esa capa: su Calibán no es el colonizado que resiste, sino el colonizador que avanza. Al invertir la alegoría, dejó fuera de cuadro a quienes en América Latina eran, con mayor precisión histórica, el verdadero Calibán shakespeariano.
El texto de Rodó sirvió de sustento ideológico a la Revolución Mexicana, el peronismo y el chavismo.
A eso se suma su desconfianza hacia la democracia de masas: Rodó apostaba por una aristocracia del mérito y del espíritu, una élite letrada que guiara a las sociedades hacia la belleza y la virtud, una postura difícil de compatibilizar con las demandas de inclusión política que atraviesan los debates actuales en toda la región.
Sin embargo, el núcleo de la argumentación de Ariel —la desconfianza ante una civilización que reduce todo valor a su utilidad económica inmediata— no ha perdido pertinencia. Si Rodó apuntó al pragmatismo anglosajón de finales del siglo XIX, la misma crítica puede aplicarse hoy a la lógica de las plataformas digitales, donde el tiempo de atención se monetiza, la cultura se fragmenta en contenidos de segundos y el algoritmo premia la inmediatez sobre la reflexión.
En ese sentido, la pregunta que el ensayo formuló en 1900 sigue abierta. La diferencia es que hoy los actores son más complejos: Calibán ya no es solo un país, sino también una arquitectura tecnológica que moldea hábitos y valores a escala global. Y Ariel, el espíritu que Próspero prometía liberar, todavía espera.