Por: Jacinto de Oroz. Fuente: Agencia Pressenza
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Han pasado casi diez meses desde que un barco con combustible llegó a nuestras costas. Diez meses de espera que se han convertido en un símbolo de resistencia, pero también de dolor. Porque la ausencia de energía no es un simple dato técnico: es una realidad que atraviesa la vida de millones de personas y que golpea cada rincón de nuestra sociedad.
La salud se ha visto profundamente afectada. Los hospitales luchan por mantener encendidos los equipos que salvan vidas, mientras las ambulancias permanecen inmóviles por falta de gasolina. Médicos y pacientes enfrentan la angustia de saber que un corte de energía puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.
La educación también sufre: aulas sin electricidad, estudiantes que no pueden acceder a recursos digitales, maestros que recorren largas distancias a pie porque el transporte público está paralizado. La alimentación se convierte en un desafío diario: sin combustible, los alimentos no llegan a los mercados, los productos se deterioran en almacenes, y las familias deben improvisar para cocinar con lo poco que tienen.
El transporte, motor de la vida cotidiana, se detiene, obligando a miles de trabajadores a caminar kilómetros bajo el sol o la lluvia para poder llegar a sus destinos. La economía, ya debilitada, se asfixia aún más: sin energía no hay producción, no hay comercio, no hay futuro.
En medio de esta crisis, FRI (Fórum Red Intercultural) puede convertirse en mucho más que un espacio digital. Puede ser un faro en la oscuridad, un puente entre la realidad de un pueblo y la conciencia del mundo. Allí se pueden narrar las historias de quienes siguen adelante, se pueden denunciar las injusticias, se pueden mostrar las consecuencias humanas de esta crisis. Una web puede ser la voz que atraviese fronteras, que despierte solidaridad, que convoque a la acción.
No se trata solo de tecnología, sino de memoria y resistencia. FRI puede convertirse en un archivo vivo de lo que significa sobrevivir sin combustible: testimonios de madres que cocinan con leña, de estudiantes que estudian a la luz de una vela, de trabajadores que recorren largas distancias a pie, de comunidades que se organizan para compartir lo poco que tienen. Cada historia es un recordatorio de que detrás de las cifras hay personas, rostros, esperanzas que no se rinden.
El mundo necesita saberlo. Necesita entender que la crisis energética no es solo un problema de recursos, sino un problema humano. Y como tal, requiere empatía, solidaridad y acción. FRI puede ser un espacio donde esas voces se unan, donde la memoria se preserve, donde la esperanza se mantenga viva. Porque cuando un país se queda sin combustible, no se apaga únicamente la luz: se apaga la posibilidad de vivir con dignidad, de crecer, de soñar. Y esa verdad merece ser contada, compartida y escuchada.
Hoy más que nunca, necesitamos mostrarle al mundo lo que está ocurriendo. Necesitamos un espejo de nuestra realidad y, al mismo tiempo, una ventana abierta hacia la posibilidad de un futuro mejor. Porque, aunque la oscuridad nos rodee, seguimos de pie. Y mientras tengamos voz, mientras tengamos palabras, mientras tengamos la capacidad de contar nuestra historia, no seremos invisibles.