Por: Germán Osmar González. Fuente: Agencia Pressenza
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(Imagen de Cad&Lan)
El sistema expulsa. No integra, deja afuera. Y lo que descarta hoy no es excedente, son personas. Expulsa gente de sus casas, de sus trabajos, de sus países. Y a los que no puede desechar, los encierra adentro. No es una falla, es su modo de funcionar, es su mecánica cuando se cierra mundialmente.
Expulsa porque no puede incluir. Llega un punto en que su negocio ya no es abrir futuro, es administrar escasez. Y administrar escasez es decir todos los días que no hay para todos.
Expulsa en origen y se cierra en destino. Es un doble movimiento.
En origen expulsa. Un pibe en Senegal mira su tierra y ve que ahí no hay futuro. No porque no haya tierra, ni agua, ni ganas. No hay futuro porque el sistema le sacó el futuro de ahí y se lo llevó a otro lado. Entonces se va. No se va porque quiere conocer mundo. Se va porque si se queda, se muere.
En destino se cierra. Y ahí empieza la segunda parte de la maniobra. El gobierno que no pudo darle trabajo al de adentro, ni salud, ni universidad, necesita explicar por qué no pudo. Y no va a decir «no pude porque administro un sistema que se cierra». Va a decir otra cosa mucho más útil: «no pude porque vinieron los de afuera y te sacaron lo tuyo».
Da vuelta el espejo. Al que expulsa lo disfraza de amenaza, usa la vieja trampa de convertir a la víctima en culpable.
Agarra al expulsado por el sistema y lo presenta como el peligro que viene a quitarte lo poco que te queda. El tipo que llega con lo puesto, deshidratado, después de cruzar media África, es presentado como una amenaza para el europeo que tiene casa, obra social y estado. El estudiante boliviano que cursa de noche después de laburar 12 horas es presentado como el que le saca el banco a la clase media argentina.
Es una imagen brutal si la miramos bien: el que no tiene nada amenazando al que tiene poco, para que no miremos al que tiene todo.
¿Cómo lo justifica el sistema?
En Argentina, el gobierno lo explica así: hay que cuidar el dinero de los contribuyentes, porque se está formando a extranjeros que luego se vuelven a sus países. No se trata de obligar a cobrar, dicen, sino habilitar a las universidades nacionales a partir del DNU 366/2025 a que puedan cobrarles a los extranjeros sin residencia permanente para conseguir una fuente propia de financiamiento.
Es la traducción local de la frase: “no hay para todos.”
En Ceuta, el gobierno dice que hay que poner orden. Decenas de miles en dos días, muchos a nado, una ciudad colapsada. Entonces instala 500 metros de boyas en el mar, en el espigón de Tarajal. ¿Para qué? Para que exista algo físico que superar. Porque el Tribunal Supremo le dijo: si llegan nadando, sin saltar nada, no los podés devolver en caliente. Tenés que darles abogado, intérprete, papeles. Pero si pones una barrera y la superan, ahí si los podés rechazar. Las boyas no están para que no se ahoguen. Están para que el rechazo sea legal.
Eso es el anti-humanismo en acción. No es una ideología de gente mala. Es el modo de operar de un sistema cerrado. Necesita un chivo expiatorio. Necesita que el dolor del residente no se vuelva pregunta contra el sistema, sino odio contra el vecino nuevo.
Silo (1993) explica que cuando el sistema se vuelve mundialmente cerrado y pierde una dirección de cambio, queda sometido a la lógica de acumulación de poder y capital, lo que deriva inevitablemente en un desorden general.
Cuando todo se va cerrando, el afuera siempre va a ser culpable. No porque hizo algo, sino porque está afuera.
Por eso hoy se discute si hay que cobrarle la UBA al extranjero en Buenos Aires y si hay que poner cuchillas en la valla de Ceuta. No son dos discusiones distintas. Es el mismo cierre actuando en dos lugares distintos.
¿Y dónde se rompe eso?
En los grises. El gris no es la teoría. Es esa escena que pasa todos los días y nadie filma.
El pibe argentino que puteó toda la tarde porque no consigue laburo y a la noche le pasa los apuntes a su compañero peruano porque se quedó sin fotocopias. El pescador que a la tarde repite que “nos invaden” y a la mañana, cuando ve a las barcas precarias con 50 o 60 personas hundiéndose frente a Tarifa, agarra una soga y los salva.
Ese acto no cierra. Abre. En un mundo que te entrena para cerrar, abrir es un acto revolucionario.
La Nación Humana Universal nace ahí, no en un congreso. Nace cuando entendés que el extranjero no viene a quitarte tu futuro. Viene a mostrarte que a vos también te lo están quitando.
Porque no hay dos sistemas. No hay uno que expulsa senegaleses y otro que cuida españoles. Hay uno solo que expulsa a todos, solo que a algunos los expulsa de su país y a otros los expulsa dentro de su propio país.
O entendemos que el futuro es para todos o no habrá futuro para nadie.
El migrante no es el problema. Es el espejo que el sistema no quiere que mires.