Por: Ana Esther Ceceña. Fuente: https://geolat.info/
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El acuerdo petrolero que permite a Estados Unidos disponer de «…más de 65 mil millones de barriles de reservas probadas de petróleo de Venezuela -expandiendo ampliamente las alrededor de 46 mil millones de barriles de reservas probadas actuales de nuestro territorio» (White House Facts), es el auténtico gran secuestro.
Si bien fue precedido por el de la figura presidencial, este significó solamente la eliminación de un obstáculo al largamente acariciado propósito de sumar las reservas petroleras venezolanas al acervo estratégico sobre el que Estados Unidos sostiene su posición de fuerza en el concierto mundial.
Para Venezuela, el país con 303 miles de millones de barriles de reservas certificadas -las mayores del mundo-, implica la entrega de poco más de la quinta parte de sus riquezas petroleras, que supera incluso el monto de reservas de Estados Unidos en 41%.
Al día de hoy, el barril de petróleo alcanza los 100 dólares, oscilando entre 80 y 120, dependiendo de los vaivenes de la guerra en el golfo Pérsico. Venezuela, de conformidad con lo acordado, recibirá solamente 19 dólares por barril, que ascienden a entre un 16 y 23 % del valor total. La demanda de petróleo ha crecido no sólo por la ampliación de las escalas de producción sino por las diferentes guerras en curso. En el marco de una escasez relativa generada por los bombardeos y las disminuciones en la extracción, se requiere ahora una disponibilidad mucho mayor para mover más barcos y más aviones de guerra, para mover recursos bélicos y tropa, lo que sugiere que el precio alto se mantendrá alto y las previsiones apuntan a que pueda llegar a un valor cercano a los 200 dólares.
Con el acuerdo con Venezuela, Estados Unidos se encuentra en una situación mucho más relajada que antes. Puede mantener la política de sanciones a Rusia e Irán, puede debilitar a la OPEP induciendo el retiro de Venezuela y controlando los precios, mantener a Europa atada a sus exportaciones y reducir las presiones sobre su propia economía.
Sin embargo, la implicación más importante no es económica, sino geopolítica. El acuerdo modifica sustancialmente la capacidad de maniobra de Estados Unidos en el mercado petrolero mundial. No es coincidencia, sino cálculo, que los dos países más acosados en los últimos tiempos por parte de Estados Unidos hayan sido Venezuela e Irán, primero y tercer lugar en reservas petroleras. Juntos, esos dos países tienen la tercera parte de las reservas mundiales. El segundo lugar lo tiene Arabia Saudí, con 17% de las reservas, sumamente afectado en este momento por la guerra en Irán.
La política de sanciones impuesta a Rusia, llevó a Europa a sustituir parte del gas y el petróleo rusos por suministros estadounidenses. Esto obligó a Estados Unidos a incrementar sus exportaciones de petróleo, obteniendo importantes beneficios por venderlo a precios superiores al del petróleo ruso, aunque a costa de disminuir sus propias reservas. El acuerdo con Venezuela le abre la posibilidad de acceder a un volumen de reservas muy significativo, alcanzando más del doble de lo que se reporta actualmente (46 mil millones de barriles + 65 mil millones del acervo venezolano). Naturalmente, ese petróleo no estará disponible de inmediato, ya que debe ser extraído y producido de manera gradual. Pero le da un amplio margen de maniobra y una importante garantía de abastecimiento a futuro.
En el contexto actual de la guerra con Irán, esa nueva disponibilidad de recursos energéticos modifica el cálculo estratégico de Washington. Le permite considerar una escalada del conflicto y aumentar la presión sobre Irán, incluso mediante amenazas contra su infraestructura petrolera y sus rutas de exportación, sin enfrentar de inmediato el riesgo de un desabasto mundial o de un incremento descontrolado de los precios internacionales que quede fuera de sus posibilidades de manipulación. Antes de este acuerdo, ese escenario constituía un límite importante para la política estadounidense. En consecuencia, el acuerdo con Venezuela no sólo tiene efectos negativos para ese país por las condiciones económicas en que se realiza, sino que también fortalece la capacidad geopolítica y militar de Estados Unidos, al ampliar su margen de acción frente a Irán y modificar las condiciones de seguridad energética sobre las que descansan las relaciones internacionales actuales.
Maniobras geopolíticas que nunca han tenido en consideración los daños humanitarios y ambientales, que son realmente elevados, y que erraron los cálculos sobre la tenacidad y capacidad de respuesta iraní, que no deja de colocarlos en una situación paradójica de ganar-perder.
[1] Coordinadora del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica y Directora editorial de ALAI.