Por: María Eugenia Villalonga. Fuente: Tiempo Argentino
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Veinte son, hasta hoy, los títulos publicados por la colección Lector&s de Ampersand, una editorial enfocada en la cultura escrita que entiende que la reflexión sobre la lectura es un aspecto esencial de ella.
Para eso, convocó a diferentes escritores latinoamericanos, a los que invitó a narrar su autobiografía lectora que, en algunos casos, resultará un sólido trabajo de crítica literaria, en otros, un manual de teoría literaria, una lectura política del campo editorial latinoamericano, un recorrido a contrapelo de los circuitos intelectuales o una clase de filología clásica y de la historia de nuestra lengua, entre muchas otras experiencias personales con la lectura.
Dirigida por Graciela Batticuore, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires, hoy reúne a los principales críticos y escritores contemporáneos de nuestro continente, quienes comparten sus reflexiones sobre una práctica que es pasión, oficio y un diálogo cada vez más necesario con nuestra tradición cultural, como lo demuestran algunos de estos trabajos.

“Libros chiquitos” llama Tamara Kamenszain al suyo, mientras comparte su experiencia como lectora fervorosa de poesía, una pasión que logra transmitirnos en sus lecturas de un género que define como una “suspensión placentera del sentido que atrapa con su ritmo.” Pero también es un rechazo a la grandilocuencia de los grandes maestros y una toma de posición a favor de ese género “menor” que nos permite “pescar el murmullo de una voz fragmentaria”, desde César Vallejo a Mariano Blatt, pasando por las más actuales experiencias performáticas, que ella analiza con la pasión propia de los grandes maestros como Enrique Pezzoni, con el cual se formó.
Su recorrido como lectora nos habla de un estado de nuestro campo cultural y político, en el que Barthes deslumbraba y formaba a toda una generación de intelectuales, la universidad pública le daba una formación rigurosa en filosofía, medios como La Opinión la albergaban en su staff; la biblioteca de la Sociedad Hebraica le ofrecía su enorme biblioteca de libros en idish y México se convertía, durante los años de la dictadura, en su segunda patria.
Si de dictaduras se trata, del otro lado de la cordillera, Diamela Eltit ensaya en “El ojo en la mira” su biografía intelectual y el título elegido por la chilena, que conjuga violencia política y eficacia poética, habla de una escritura que pone en escena las condiciones de enunciación en un continente como el nuestro, atravesado por la violencia y la desigualdad.
De Corín Tellado a Marx, de la teoría feminista al Siglo de Oro español, este cruce de lecturas, que la llevó a construir ficciones donde los cuerpos femeninos se constituyen en “zona de sacrificio”, le permitió, a la vez, conectar con el habla de las comunidades, con la vida en las plazas, con las historias que encierran los chismes y las tragedias que cuecen en las cocinas familiares, sin caer en concepciones de lo literario que refuerzan el lugar de la mujer como excepción en relación a la norma, porque de lo que se trata, sostiene, es de “abolir la norma.” Una posición que rechaza la “genitalidad literaria”, porque considera que por muy progresista que sea, construye un nuevo gueto.
Por su lado, Daniel Link, uno de los más sólidos intelectuales y pedagogos de nuestro país, comienza su biografía lectora con una escena de iniciación a la lectura casi proustiana, la de “un niño pobre y enfermizo” que se convierte en un bibliófilo exquisito.

“La lectura: una vida…” es el título elegido por su autor, que habla de una relación vital con el pensamiento y una posición respecto de su tiempo, expuesta en cada una de sus intervenciones: como ensayista, crítico literario, profesor universitario, editor e investigador. Y en cada capítulo describe los fundamentos de los oficios que ejerció, que sintetizan sus ideas acerca de lo que entiende como política cultural y, como buen profesor, desarrolla los temas teóricos que lo han acompañado en su trabajo, con la profundidad de un manual de teoría literaria.
Desde los primeros libros que recibió de manos de sus maestras como El principito (al que le dedica una lúcida lectura que lo saca del lugar común del best seller), recorre cada una de las etapas de su formación intelectual, donde aprendió, junto con la filología, la importancia para una cultura de la reconstrucción de los archivos, cuando trabajó con los archivos dispersos de Rodolfo Walsh que la dictadura había desmantelado y de su experiencia pedagógica en el nivel medio, lo mucho que hacía falta en materiales de estudio, que luego elaboró en la serie de El lecturón.
También docente, pero de literatura medieval española, además de poeta y narradora, la colombiana Carolina Sanín es la autora de “La voz del buey”. Con un título que alude a esa voz inhumana producida por la mirada que recorre el texto y que ella encuentra en el acto de leer, nos entrega su recorrido por mil años de historia de la lengua española en un trabajo erudito, didáctico y, como es su estilo, muy poético.
La cultura árabe, el latín vernáculo del que deriva nuestro idioma, la Biblia, el Corán, Alfonso X, la cuentística medieval, la tradición oral y los clásicos universales (entre los cuales, Borges tiene un lugar destacado) son el territorio fértil de un trabajo donde las propias reflexiones sobre la lectura adquieren un espesor notable.
Como la que le recuerda que el mismo verbo legere significa tanto leer como recolectar y encuentra un campo roturado la imagen de un libro abierto, cuyos reglones son los surcos. O en el encuentro íntimo entre un libro y un lector, una metáfora de la relación amorosa, ambos indisolublemente unidos a la posición yacente. Amar, leer y estar ocioso parecen ser los únicos espacios por fuera de la productividad, nos dice. Y uno de los pocos reductos de libertad que nos quedan.
Muy diferente a todas las anteriores es la experiencia que cuenta María Moreno en Contramarcha y su título la pone en evidencia. Una vocación por el desvío que la convirtió en una cronista única en su especie, capaz de dinamitar con su prosa barroca y plebeya todos los lugares comunes de la cultura.
El radioteatro y la poesía de los tangos, la enciclopedia “ágrafa y visual” —como la llama su autora—, desde la que partió, hasta la redacción del diario La Opinión; de la lectura “de reojo” de la bibliografía universitaria y el descubrimiento de Simone de Beauvoir hasta la primera revista travesti de Latinoamérica, El Teje, que fundó.

Un recorrido donde construyó esa mirada desde los márgenes tanto de la academia como de la doxa con la que encontró un modo único de “escribir al otro” y abrió el camino de la autonomía de la literatura al género crónica. Quizás sea por eso que logra que unos textos escritos al calor de los acontecimientos políticos no tengan fecha de vencimiento y alcancen algo así como la atemporalidad.
La colección, que se completa con los nombres de Silva Molloy, Silvia Iparraguirre, Alan Pauls, Jorge Monteleone, Edgardo Cozarinsky, Carlos Altamirano, Margo Glantz, Daniel Guebel, Luis Gusmán, María Teresa Andruetto, Carlos Battilana, Luis Felipe “Yuyo” Noé, Ida Vitale, Mariana Enríquez y Nora Catelli -recién publicado- conforman esta imprescindible “biblioteca de lectores” que esperamos siga creciendo.
“Ya no recuerdo si este libro de memorias de Emilio Pettoruti lo tomé de tu biblioteca (hasta un momento de la vida tenía claro cuáles de los libros que tengo fueron adquiridos efectivamente por mí y cuáles provenían de vos; luego se mezclaron, no únicamente en los anaqueles sino también en la memoria). Es una vieja edición de la colección Solar/Hachette de cultura argentina que durante tantos años dirigió Gregorio Weinberg. Si es que lo tomé de tu biblioteca, lo hice porque seguramente habría alguna referencia a la exposición que el artista hizo en la Galería Fasce de Córdoba en 1926; al escandalete que produjo en la ciudad su “futurismo” y la compra de Bailarines para la colección de la Provincia por el gobernador Cárcano (que había concurrido a la exposición). Me interesaba sobre todo encontrar algún pasaje que aludiera a la fundación de la revista Clarín, que Carlos Astrada fundó en Córdoba ese mismo año para defender el arte moderno contra los ataques del conservadurismo vernáculo. Pettoruti refiere, efectivamente, a todo ello: “Una noche, dando vueltas y más vueltas alrededor de una plaza, como lo hacíamos de costumbre, vimos de pronto saltar la idea de una revista artística y literaria. La planeamos al día siguiente y ellos [Carlos Astrada, Oliverio de Allende, Saúl Taborda…] la sacaron a la luz el 30 de agosto. Se llamó Clarín”. Cuál habrá sido, me pregunto, esa plaza en la que tenían la costumbre de dar vueltas.
Pero las páginas que me atrajeron sobre todo son las que dedica a su estancia italiana y su amistad con Mariátegui (nombre que no te era indiferente, aunque presumo que no por motivos teóricos sino por haber revoloteado en las noches provincianas del barrio San Vicente, por Blanca del Prado y por Malanca). “No sé decir –escribe Pettoruti allí– qué corriente se estableció instantáneamente entre nosotros; sé únicamente que intimamos de inmediato y a tal punto que nos parecía haber trabado amistad desde la infancia”. Luego de ese primer encuentro en Roma (en torno a 1921), Mariátegui visita a Pettoruti en Milán; Pettoruti visita a Mariátegui en Frascati –donde había pensado quedarse tres días pero se queda un mes–: “Sirvió a Mariátegui para ponerse al corriente de los movimientos artísticos contemporáneos y a mí para conocer las luchas de nuestra América coercionada […]; por las mañanas, él escribía para sus diarios […] y yo dibujaba; por las tardes y por las noches, conversábamos ¡de cuántas cosas, mi Dios!”. En esa visita, comenzó el retrato al óleo del escritor peruano, que finalmente quedaría sin terminar y hoy se exhibe en el Museo de Arte de Lima. Al año siguiente, vivieron juntos en Berlín.
Ya en Perú, Mariátegui escribió sobre la obra del pintor platense, y mantuvieron una sostenida correspondencia.
La historia de esa amistad es lo que acaso explica el –incomprensible de todos modos– enigmático anuncio que aparece en el n° 8 de Clarín, correspondiente a enero de 1927. Que dice: “Lea Amauta. Director: Juan Carlos Mariátegui (sic). Casilla 2197. Lima. Perú”. La enfática recomendación (“Lea Amauta…”) de Clarín en ese lejanísimo verano cordobés, no tenía muchas posibilidades de surtir efecto. Pero no deja de conmover que haya estado ahí.
Si me hubiera dado cuenta de hacerlo cuando todavía era posible, te hubiera leído algunas páginas de este libro para preguntarte cosas.”
Este texto forma parte del libro Saber de memoria, de Diego Tatián, ultimo título publicado de la colección Lectores de Editorial Ampersand.