Por: Luis Mesina Marín. Fuente: Agencia Pressenza
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El avance de la extrema derecha en Alemania es el reflejo claro de una polarización que se extiende por distintas latitudes. No se trata de un fenómeno casual; responde a un sentimiento generalizado de profundo descontento ante las condiciones socioeconómicas que enfrentan los pueblos en casi todo el orbe.
Si una frase puede sintetizar lo que ocurre a nivel global, es “una crisis de desigualdad estructural”. Resulta paradójico señalarlo: mientras la mayoría de los habitantes ve disminuir considerablemente su calidad de vida -como consecuencia de los recortes presupuestarios en derechos sociales básicos como salud, pensiones, educación y alimentación-, las grandes compañías transnacionales aumentan obscenamente sus utilidades. Vivimos en un mundo desigual, donde la rentabilidad del capital aumenta en la misma proporción en que disminuyen los ingresos y el bienestar de la clase trabajadora.
Al igual que en la mayoría de los Estados, el auge electoral de la extrema derecha alemana responde a la ansiedad económica. La crisis global se asocia permanentemente con la incompetencia y mediocridad de los partidos llamados progresistas, en su mayoría de raigambre socialdemócrata. Estas fuerzas tuvieron su turno para gobernar y entregaron malos resultados, en parte porque terminaron sometiéndose a los dictámenes de organismos multilaterales y financieros. Dichas instituciones impusieron a rajatabla recetas monetaristas de control del gasto, privatización de empresas nacionales y apertura de mercados a la inversión extranjera. En fin, fórmulas que pusieron por encima de cualquier consideración al mentado “mercado”, el cual, lejos de ser un asignador eficiente de recursos, se convirtió en el mayor concentrador de la riqueza.
En Alemania, la inflación y el aumento de los precios de la energía -derivados de su involucramiento en conflictos bélicos-, han provocado un serio estancamiento que detuvo a la que, hasta hace poco, era la locomotora de Europa occidental. La sensación, de manera similar a lo que ocurre en América Latina, es de total incertidumbre. Esto ha sido generado por políticas que insistieron en consolidar el modelo vigente mediante reformas superficiales, renunciando a proyectar y sumar a la ciudadanía a proyectos sociales más transformadores e igualitarios.
Así, el discurso de odio contra la migración y el cuestionamiento a las fronteras abiertas que el propio capitalismo preconizaba hasta hace poco, se han convertido en las principales banderas de la extrema derecha para capturar el Estado. Es un fenómeno que hemos visto crecer con fuerza en América a través de figuras como Trump, Milei, Kast y otros.
Sin embargo, el panorama alberga matices. En Berlín, las fuerzas de izquierda e independientes obtuvieron un histórico 25,7% de los votos, evidenciando que la polarización también puede abrir caminos transformadores. La clave de este triunfo no estuvo en la moderación discursiva, sino en sintonizar con la angustia cotidiana de las mayorías mediante propuestas radicales frente a la crisis habitacional, tales como congelar los precios de los arriendos y frenar la especulación de los grandes consorcios inmobiliarios. El éxito berlinés deja una lección directa para América Latina: mientras nuestras políticas locales insisten a menudo en desmantelar los derechos sociales y precarizar el acceso a la vivienda, la única forma de frenar el avance autoritario es disputar el sentido común con soluciones materiales concretas, no con retórica abstracta. Quizás aún sea prematuro para generalizar lo ocurrido en el “motor europeo”, pero los escenarios futuros son complejos.
Lo único cierto es que asistimos a una concentración de ingresos sin precedentes y a un debilitamiento de los Estados, los cuales ceden la hegemonía del control político a las grandes corporaciones financieras y tecnológicas de punta; un panorama que, lejos de augurar un fortalecimiento de las democracias, pronostica su propio declive, empujado tanto por el descrédito ciudadano como por niveles cada vez mayores de descomposición. Esta degradación actual no es una fatalidad, sino el resultado de un modelo que asfixia lo público y alimenta el malestar social.
Ante esto, el avance de la extrema derecha es el síntoma y el abandono social es la enfermedad. Romper esta inercia exige que las fuerzas transformadoras dejen atrás los discursos tibios; ya no basta con resistir, es urgente avanzar con audacia antes de que el autoritarismo termine por devorar la democracia.