Por: Dr. Rodrigo Díaz Bermúdez. Fuente: Agencia Pressenza
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(Imagen de S K vía Pixabay)
Hay contratos que firmamos con tinta y otros que firmamos con la costumbre. Los primeros tienen cláusulas; los segundos funcionan mediante acuerdos tácitos: pequeñas decisiones que tomamos para simplificar la vida, ahorrar tiempo, reducir incertidumbre y seguir adelante.
La mente humana necesita esos atajos. No podemos analizarlo todo. Decidimos rápidamente porque necesitamos sobrevivir. El problema comienza cuando el atajo termina decidiendo por nosotros.
Fausto entendió esto de una manera dramática.
Fausto, personaje de una antigua leyenda alemana popularizada por Goethe, es el hombre que quiere superar sus límites. Busca conocimiento, experiencia y una vida más intensa. Mefistófeles le ofrece aquello que desea a cambio de un precio. Fausto conoce el pacto y lo acepta.
Nosotros hacemos pactos menos solemnes.
Hace veintiún años alguien conquistó mi confianza, me convenció para ser su garante y terminó estafándome. Yo firmé. No me faltaba inteligencia; me sobró confianza. Aprendí que una necesidad, una ilusión o una ansiedad pueden hacer que la inteligencia firme lo que la prudencia habría rechazado.
Eso ocurre todos los días.
Una mujer que necesita sentirse amada puede aceptar como amor lo que apenas es manipulación. Un hombre desesperado por dinero puede aceptar condiciones que después lo esclavizan. Alguien que necesita reconocimiento puede entregar su tiempo entero por una posición.
No siempre somos engañados por otros.
A veces somos engañados por aquello que necesitamos.
Y aquí aparece una curiosa alianza: una especie de conexión límbico-económica. Nuestro cerebro busca recompensa, seguridad, pertenencia y alivio; la economía contemporánea ha aprendido a convertir esas necesidades en productos, servicios, estímulos y experiencias.
La tecnología lleva este mecanismo a otro nivel.
Nos ofrece velocidad y nosotros entregamos atención. Nos ofrece comodidad y entregamos privacidad. Nos ofrece entretenimiento y entregamos tiempo. Nos ofrece personalización y entregamos datos.
Pulsamos “aceptar” y continuamos.
Ahí aparece mi expresión: el fideicomiso de la conciencia.
En un fideicomiso, determinados bienes o derechos son entregados a un fiduciario para que los administre conforme a una finalidad y unas condiciones. La propiedad y la administración no son exactamente lo mismo: alguien pone algo suyo bajo administración ajena.
Algo semejante puede ocurrir con nuestra atención.
Entregamos nuestros gustos, búsquedas, hábitos y preferencias a sistemas que los procesan para anticipar lo que queremos y mantener nuestra atención.
No entregamos formalmente el alma de Fausto.
Entregamos pequeñas parcelas de nuestra conciencia en administración.
El peligro no está en la tecnología misma. Está en olvidar que detrás de cada comodidad puede existir un intercambio.
Fausto tenía a Mefistófeles. Jacob tuvo a Labán. Yo tuve, hace veintiún años, a alguien en quien confié demasiado.
Nosotros tenemos algo más sofisticado: pactos que casi nunca parecen pactos.
La inteligencia calcula cómo obtener lo que deseamos. La sabiduría pregunta si aquello que deseamos merece el precio.
Tal vez esa sea la verdadera defensa de la conciencia: aprender a detenernos antes del clic, antes de la firma, antes del “sí”.
Porque la pregunta no es solamente: ¿Qué voy a obtener?
Sino: ¿Qué parte de mí estoy entregando para obtenerlo?
Ese es el espejo de Fausto.
Y quizá el contrato más importante de nuestra vida sea precisamente aquel que nunca debemos entregar en fideicomiso: nuestra conciencia.