Por: Germán Osmar Gonzalez. Fuente: Agencia Pressenza
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«Las ideologías que en algunos momentos históricos se imponían y mostraban su utilidad para orientar la acción e intentar interpretar el mundo en que se desenvolvían tanto individuos como conjuntos humanos, fueron desplazados por otras cuyo mayor logro consistió en aparecer como la realidad misma, como lo más concreto e inmediato y exento de toda ideología». (Silo, 1993)
La ideología con pretensión hegemónica tiene nombre y apellido en la Argentina actual es el relato libertario de que vivimos en un país de vagos mantenido por un Estado criminal. No es una opinión. Es la estructura interna de la realidad que nos implantaron desde el 10 de diciembre de 2023 con cadena nacional, trolls y conferencias de prensa.
Su liturgia la conocemos de memoria: «No hay plata», «El Estado es una organización criminal», «Si te esforzabas y no llegaste, es porque algo hiciste mal», «Los jóvenes ni-ni», «La casta». Frases martilladas 24 horas por los canales de noticias, por el vocero a las 11 de la mañana, por las cuentas de X que festejan cada cierre, cada despido, cada recorte como si fuera una victoria moral.
Nos vendieron esa arquitectura como si fuera la realidad misma. Como si el mundo ES así: un mercado de competencia feroz donde solo sobrevive el más apto.
Es falso como un decorado de cartón piedra que se cae si lo soplás. Y es falso por una razón estructural: nos hacen creer que la realidad tiene una forma objetiva, inmodificable, que solo podemos acatar.
Pero no la tiene.
La realidad no tiene una estructura externa que pueda ser observada desde ningún lado. Tiene una estructura interna, que es la forma en que la conciencia, en un momento histórico determinado, traduce el mundo en registro.
Esa estructura está compuesta por mediaciones: imágenes, relatos, músicas, conceptos, que forman un paisaje. Ese paisaje es el que hace que el mundo aparezca de un modo y no de otro. Y el paisaje libertario es el que hace que hoy registremos al vecino como parásito y al ajuste como inevitable.
Por eso nos dicen, todos los días, que la salida es externa. Lo dice el Presidente en Davos en enero de este año, cuando pide perdón al capitalismo por haber dudado de él. Lo dice el FMI en Washington cuando condiciona cada desembolso a más reforma laboral. Siempre afuera, siempre mañana, siempre si nos arrodillamos un poco más.
Nos mienten porque saben que, si miramos adentro, se les cae el negocio.
Porque la salida no está en Davos, ni en Washington. La salida está dentro nuestro, pero no como ombligo. Está dentro nuestro en relación directa con el mundo.
Está en el registro del otro. En volver a ver al vecino no como competencia, sino como prójimo. Está en el comedor de Quilmes, en la asamblea del barrio, en la fábrica que los dueños cerraron y los trabajadores abrieron.
No nos falta realidad. Nos falta la mediación adecuada para registrar otra realidad que ya está ocurriendo, aquí mismo, pero que su paisaje hace invisible.
Porque el mundo no se adapta, se constituye. Se constituye desde adentro hacia afuera. Cuando cambia la mirada, cambia el mundo que es mirado.