Por: Carlos Salatino. Fuente: Tiempo Argentino
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Papel Máquina es el flamante álbum de Guillo Espel, en el que participan músicos como Nicolás Guerschberg, Fernando Ciancio, Oscar Albrieu Roca, Agus Voltta, Natacha M., Elías Gurevich, Grace Medina, Coti Moroni y Alejandro Becerra entre otros.
Integrado por diez nuevas composiciones escritas en tan solo tres meses, el álbum ofrece una nueva muestra del mundo sonoro de Espel, en el que confluyen elementos de nuestro folklore, condimentados con su habitual paleta de colores tímbricos en los que las placas se imbrican con las cuerdas, los vientos y las voces generando atmósferas de singular calidad.

No es casual la constante búsqueda estética del compositor: cada pentagrama vacío es un desafío para permitirse jugar con los sonidos y con el tiempo. Tal vez por este motivo es que Espel creó estas nuevas composiciones en un período tan corto no como un desafío propio, sino como una necesidad de dar rienda suelta a la labor de plasmar ideas con una impronta fresca y espontánea.
“Prisa de cazador” abre el disco con su ritmo levemente intrincado, en el que el vibráfono es protagonista. “Magnolia flotando”, con su clima cálido aportado por las cuerdas, da paso a “Estrella de anís”, con la voz expresiva de Voltta y el solo de piano a cargo de Guerschberg.
“Coral”, un inteligente juego de voces a capella a cargo de Natacha M. en voz soprano y contraalto y el propio Espel en voz tenor y bajo es seguida por “Molly Bloom”, con leves aires orientados al jazz, aunque sin perder las sonoridades folklóricas y juegos entre los diferentes instrumentos.
En “Siete compases” y “La luz más vital”, nuevamente son protagonistas las voces de Natacha M. y Germán Gómez, en tanto que el cierre del álbum está encarnado por “Vitraux” y su exquisito arreglo camarístico, y una versión orquestada de “Prisa de cazador – Reprise” y “Siete compases – reprise”, esta última a cargo de Espel solo con su guitarra.
A la gran labor de los calificados músicos que participan de cada una de las canciones, se debe sumar el aporte de Ariel Alejandro Gato, quien se ocupó de la grabación, el diseño y la gráfica y de los videos que pueden verse en YouTube.
Espel nos tiene acostumbrados a sorprendernos con sus diversas propuestas musicales, ya sean estas junto con su cuarteto, sus obras de cámara y orquestales, o experimentales, como la reciente publicación de su obra para violín eléctrico solo (Un siglo después). Y Papel Máquina no es la excepción.
Espel explica a Tiempo Argentino las motivaciones que tuvo para encarar la creación de Papel Máquina.

-¿Cuáles fueron las inspiraciones para crear las composiciones que forman parte de tu nuevo disco?
-Creo que la idea es el eje fundamental del pulso de la humanidad. En verdad no hay nada más valioso para el futuro que lo que aún no se ha creado. La idea es lo que vislumbra, lo que antecede a un giro insospechado. Y crear, componer, es poner en valor la idea.
Estaba leyendo algunas conferencias de Jacques Derrida, y me detuve en algunas de sus propias “detenciones”: el martillo-letra que impacta el papel de la máquina de escribir a través de su cinta, que devela una idea y la esparce. Se replica lo único, lo íntimo, en un perfecto imaginario social que transmite el significante contenido. Ocurre la comunicación humana, aun cuando el mismo Derrida deconstruya sustantivamente su potencialidad.
-El sonido y la combinación de timbres y materiales sonoros son fundamentales en tu estética. ¿Cómo trabajás estos elementos a la hora de componer?
-El sonido, organizado, pretende posar con cierta jerarquía estética, si es que esa cualidad existiese. Papel máquina es parte de esa ilusión sin resolver: supone ser un arrojo caótico hacia la luz, una mutación equívoca del silencio, en complicidad con quien escucha. La música es un discurso sonoro, expuesto en una línea de tiempo, y ese es otro terreno que no quiero esquivar: el tiempo como valor, como recurso. La escucha, entonces, de un discurso que impertinentemente se hace partícipe de un tiempo, es otra vez, un lugar de creación. Es un capricho, y el capricho, por fuera de la mala fama que la superficie le asigna, es la creación no asociada a las buenas costumbres. Nada despreciable a la hora de buscar espacios originales. En ese limbo me siento seducido y soy completamente vulnerable.
De chico me maravillaba jugando con objetos casuales o con sueños que fabricaba para ellos, y sobre los que yo era protagonista o cómplice. Nada me seduce más aún hoy que saber que puedo construir de la nada y alterar el tiempo y espacio de mi recorrido con eso. Es simultáneamente lo más poderoso y lo más frágil que conseguí hasta ahora. En verdad, el sendero entre una incierta realidad y una segura ficción es, por fortuna, impreciso. Por eso compongo otra vez. Para encontrar un espacio que me interpele, me asombre, y así empezar de nuevo.
-¿Qué significa para vos componer una obra musical?
– Componer es un arrojo a sabiendas que perdemos la batalla de antemano. Es un salto, y desprolijo al vacío. No es el abismo expansivo de la inmensidad. Es el abismo impúdico de la caída. Pero al hacerlo, la idea y yo somos un otro, distinto, en movimiento, en pulso. Pienso en materiales sonoros (objetos) y no en estéticas o procedimientos concursables por elites. Las estéticas son para mí el resultado y no el punto de partida.
A veces, mi música es definida por otros como una bifurcación de estéticas distintas. Nada más ajeno a mí. Se trata de una propuesta discursiva única, cuyo intento es ampliar a diario sus aristas u horizontes. A veces creo que la obra de un compositor es su vida misma, un trayecto, que no se propuso serlo. Aunque solo a veces lo creo.

-¿Qué diferencias encontrás en este nuevo disco respecto de tus trabajos anteriores?
-Papel máquina es distinto de cualquier otro álbum que haya publicado, porque reúne composiciones que escribí muy recientemente durante un período de tres meses. La excepción a la regla es «Estrella de anís» (2015), el único tema en coautoría que, sin embargo, reversioné para el álbum mientras componía el nuevo material. Claro que fue un arrojo: desde mi adolescencia que no escribía tan rápido y constante. No sé por qué sucedió. Quizás porque antes no sucedía. Entonces no sé cuál será el resultado en el otro, pero el tránsito sigue siendo lo más asombroso, lo más pulsátil, lo genuino. Cómo en un laberinto de espejos, la pregunta es a quien veo (o quien me ve) en ese trayecto. Toda esa dinámica, toda esa movilidad, incierta, es lo que me hace seguir. No tiene demasiado atractivo para mí el punto de arribo. Por eso vuelvo a mi primera respuesta. La idea es el motor más colosal del mundo y está siempre allí, esperando por nosotros.