Por: Fernanda González. Fuente: https://es.wired.com/
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Un niño está sentado en una habitación oscura, iluminado por un teléfono inteligente.Thomas Trutschel/Photothek/Getty Images
El uso de herramientas digitales podría ser un factor tan decisivo como los ingresos, el lugar de residencia o el nivel educativo para determinar la salud física y mental de la población, sobre todo entre los más jóvenes. Así lo sugiere un metaanálisis publicado en la revista The Lancet, que forma parte de una serie de artículos que advierten sobre la relación entre el tiempo excesivo frente a las pantallas y diversas afecciones, como la depresión, la ansiedad y la obesidad.
El trabajo sostiene que “los niños y adolescentes crecen en un mundo híbrido donde los medios digitales se han integrado a la infraestructura de la vida cotidiana y se han convertido en un determinante estructural de su salud”. La premisa se sustenta en la revisión de 121 investigaciones previas, que incluyen 2,790 estudios primarios y datos de alrededor de 9 millones de personas de entre cero y 24 años de edad.
La creciente exposición de niños y adolescentes a las plataformas digitales es una tendencia que genera preocupación. Se calcula que, en los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), alrededor del 93% de la población infantil ya tiene conexión internet a partir de los 10 años. Por su parte, el auge de los sistemas de inteligencia artificial (IA) introduce nuevas formas de interacción con el entorno digital.
En conjunto, el escenario plantea ventajas y peligros que aún no son comprendidos en su totalidad por la ciencia. Ante esta situación, los autores sostienen que “comprender plenamente los factores que determinan los beneficios y riesgos del uso de medios digitales es esencial para garantizar que los jóvenes y las generaciones futuras puedan prosperar en un mundo híbrido”.
Tras analizar más de un centenar de estudios relacionados con los posibles efectos del entorno digital en la salud mental y física de los usuarios más jóvenes, la revisión reconoce que el uso moderado y orientado de las tecnologías digitales puede contribuir al bienestar, favorecer los procesos de aprendizaje, optimizar el desarrollo del lenguaje y fomentar mejores prácticas de socialización.
No obstante, encontró una predominancia de las asociaciones negativas. Por ejemplo, el análisis encontró que el 71% de los hallazgos en la infancia y el 80% en la adolescencia fueron identificados como adversos en las investigaciones examinadas, frente a un 10% y un 8% de asociaciones beneficiosas, respectivamente.
Los efectos perjudiciales se observaron en distintas áreas del desarrollo, incluidos el comportamiento, los patrones de sueño, la salud mental, las capacidades cognitivas y las relaciones sociales.
Los autores enfatizan el “uso problemático de los medios digitales”, concepto que considera tanto una exposición constante y poco controlada a las pantallas como patrones de uso que podrían considerarse dañinos. Entre estos últimos se contemplan las dificultades para desconectarse, las interferencias con otras actividades y los efectos negativos en aspectos fundamentales de la vida cotidiana.
Según el artículo, los adolescentes que presentaron este tipo de uso tuvieron una razón de probabilidad de 3.26 para presentar emociones negativas o problemas de conducta y una de 2.20 para mostrar pensamientos de autolesión o suicidas.
En línea similar, la investigación estima que cerca del 20% de los casos de depresión y el 15% de la incidencia de obesidad entre los jóvenes podrían asociarse con la exposición a pantallas durante más de dos horas diarias con fines recreativos. Estos porcentajes equivaldrían a alrededor de 2.80 millones de años de vida ajustados por discapacidad (AVAD) relacionados con la depresión y 0.24 millones de AVAD asociados con la obesidad.
Los especialistas subrayan que sus hallazgos no permiten determinar de manera concluyente una relación de causa y efecto. Precisan que solo indican una asociación entre el uso excesivo de plataformas digitales y ciertas afecciones o beneficios. Además, reconocen que el metaanálisis tiene algunas limitaciones.
Los autores enfatizan que, hasta el momento, no existe una definición uniforme de “uso problemático”. Diferentes investigaciones pueden utilizar criterios distintos para determinar cuándo el uso digital se convierte en un problema, lo que dificulta comparar los resultados y saber con precisión qué tipo de comportamiento representa el mayor riesgo.
Añaden que la evidencia disponible analizada corresponde principalmente a estudios transversales que solo examinan el comportamiento de las personas en un momento determinado, sin seguimiento a largo plazo. Además, en la mayoría de los casos, los datos provienen de autorreportes de usuarios que, en su mayoría, residen en países desarrollados. De los estudios analizados, menos del 5% se enfocaron en poblaciones de naciones de ingresos medios y bajos.
El equipo también integró las opiniones de un grupo asesor juvenil compuesto por seis adultos jóvenes (entre 23 y 30 años), quienes consideraron que el análisis no abordó con suficiente rigor aspectos como el funcionamiento de los algoritmos, el protagonismo actual de las herramientas de IA, la autonomía de los jóvenes para decidir cómo utilizan las plataformas, los usos beneficiosos de la tecnología y la manera desigual en que se distribuyen los posibles riesgos.
Pese a las limitaciones, una de las aportaciones más destacadas del análisis publicado en The Lancet este mes es que concluye que los peligros asociados con el uso excesivo de los medios digitales no dependen solo de las decisiones individuales de los usuarios. “Las experiencias digitales de los jóvenes están determinadas por una configuración específica de incentivos comerciales, gobernanza débil, diseño persuasivo e infraestructuras mediadas digitalmente que influyen en cómo se generan los riesgos y se produce la evidencia sobre ellos”, aseguran los autores.
Por tanto, a su juicio, el uso de medios digitales entre niños y jóvenes debe entenderse como un problema relevante de salud pública, que debe ser atendido con medidas preventivas desde ahora, a pesar de no tener una certeza causal absoluta.
Los especialistas consideran necesario establecer reformas estructurales que trasladen parte de la responsabilidad de mitigación que ahora recae en los usuarios hacia las empresas tecnológicas, los gobiernos y las instituciones que diseñan y regulan este ecosistema.
Ilona Kickbusch, directora del Laboratorio de Transformaciones Digitales para la Salud de Ginebra y coordinadora de la iniciativa de The Lancet, señala, en una declaración retomada por La Vanguardia, que “los gobiernos han permitido que las empresas tecnológicas establezcan sus propias normas, lo que ha dado lugar a modelos de negocio diseñados para captar la atención y recopilar datos, relegando la salud a un segundo plano”.
Los expertos agregan que, aunque las campañas de alfabetización digital son útiles, resultan insuficientes ante el diseño adictivo que se ha documentado en diversas redes sociales y servicios digitales.
En este contexto, los autores recomiendan, por ejemplo, otorgar mayor acceso a los investigadores a los datos de las plataformas para estudiar sus efectos, desarrollar formas más precisas de medir qué hacen realmente los jóvenes con sus dispositivos y replantear el funcionamiento del entorno digital.
Tomar acciones al respecto es considerado prioritario por los investigadores, quienes reiteran que “las capacidades de las tecnologías digitales seguirán evolucionando, impulsadas por el interés empresarial en ser los primeros en asegurar los nuevos mercados que surjan con los nuevos productos y servicios digitales. Los países de todo el mundo continuarán actuando para proteger sus intereses nacionales mediante el desarrollo y la industria digital. En última instancia, la salud pública deberá evolucionar sustancialmente para fortalecer su capacidad para abordar y gestionar los efectos [del entorno digital] en la salud humana y planetaria”.