jueves 08 de octubre de 2026 - Edición Nº2864

Cultura | 8 oct 2026

Más allá de Analizar el Poder.

La cultura del poder

09:44 |Hay ideas que aparecen en nuestra vida mucho antes de que podamos comprender realmente su significado. Algunas permanecen durante años como una experiencia, una conversación o una pregunta que todavía no sabemos formular.


Por: Wílder Fabricio Pérez Mendizábal. Fuente: Agencia Pressenza

(Imagen de Robert Cubitt vía Pixabay)

Hay ideas que aparecen en nuestra vida mucho antes de que podamos comprender realmente su significado. Algunas permanecen durante años como una experiencia, una conversación o una pregunta que todavía no sabemos formular. Con el paso del tiempo, nuevas lecturas y experiencias permiten volver sobre ellas y descubrir que aquello que parecía una anécdota contenía, en realidad, una cuestión mucho más profunda.

En 1994, cuando tenía dieciocho años, participé en un encuentro humanista realizado en Santiago de Chile, en la Universidad de Chile. Fue una época particularmente significativa de mi formación. Allí tuve la oportunidad de conocer a Laura Rodríguez y de acercarme a personas y experiencias que ampliaron considerablemente mi horizonte. Entre ellas quedan como anécdotas el encuentro con un astronauta ruso y, posteriormente, con algunos integrantes vinculados a los primeros grupos del Club Humanista de Moscú, pocos años después de la caída del muro de Berlín. Todo un anecdotario.

Fue también en ese contexto cuando conocí la expresión “Virus de Altura”, asociada a Laura Rodríguez y a su reflexión sobre los efectos que puede producir el ejercicio del poder sobre quien lo detenta.

En aquel momento, comprendí la expresión de manera intuitiva, pero no tenía todavía la experiencia ni las herramientas conceptuales para dimensionar lo que había detrás de ella. La idea quedó, sin embargo, como una de esas preguntas que permanecen en la memoria aun cuando todavía no sabemos exactamente qué nos están preguntando.

Años después, al profundizar en el estudio de la obra de Silo y particularmente en Apuntes de Psicología, pude volver sobre aquella experiencia desde otra perspectiva. Los desarrollos sobre la conciencia, sus diferentes estados, las representaciones, los ensueños, la identificación y los fenómenos alterados de conciencia me permitieron comprender que detrás de aquella primera aproximación al “Virus de Altura” existía una cuestión mucho más amplia: qué ocurre con la percepción y la conciencia de una persona cuando cambian radicalmente las condiciones desde las cuales se relaciona con los demás y consigo misma.

Esta constatación abre un par de preguntas que van más allá del individuo. Si el poder puede modificar la percepción de quien lo ejerce, ¿qué sucede cuando determinadas formas de ejercerlo se repiten durante el tiempo? ¿Qué ocurre cuando una sociedad se acostumbra a ellas? ¿En qué momento una conducta inicialmente excepcional comienza a formar parte de aquello que una comunidad considera normal, posible o necesario?

Estas preguntas constituyen el punto de partida de este artículo.

No se trata solamente de analizar a quienes ejercen el poder, ni de explicar sus comportamientos desde una perspectiva individual. Se trata de observar también a la sociedad que los rodea: las representaciones que construye, las prácticas que tolera, las conductas que reproduce y las formas en que transmite a las nuevas generaciones una determinada relación con la autoridad y el poder.

La hipótesis que orienta esta segunda dimensión del análisis es que una sociedad acepta determinadas formas de poder cuando estas dejan de ser percibidas como excepcionales y pasan a formar parte de sus representaciones habituales de lo que es normal, posible o necesario.

Desde esta perspectiva, el problema del poder adquiere una dimensión cultural. Ya no se trata solamente de quién gobierna, quién decide o quién ocupa una posición de autoridad, sino de comprender cómo se construyen las condiciones sociales que permiten que determinadas formas de poder se reproduzcan.

La pregunta final será, entonces, si es posible superar esas formas heredadas sin limitarse a sustituir a quienes las representan. Y, particularmente, si una renovación generacional puede significar algo más profundo que un simple cambio de personas: la posibilidad de construir nuevas formas de comprender y relacionarse con el poder.

El ejercicio del poder no solamente modifica las relaciones externas de una persona. También puede modificar la manera en que esa persona se percibe a sí misma y percibe a los demás. Cuando una persona accede a una posición de autoridad, cambia su entorno. Cambian las formas en que otros se relacionan con ella, aumenta su capacidad de decisión y, en determinados casos, aparecen privilegios asociados a la posición que ocupa.

Laura Rodríguez observó este fenómeno a través de la idea del “Virus de Altura”: la posición de poder puede producir una transformación psicológica en quien la ejerce, especialmente cuando la persona comienza a perder contacto con las condiciones y las personas que se encuentran fuera de su nueva posición.

El problema no aparece necesariamente cuando existe una decisión deliberada de abusar del poder. Puede comenzar antes, cuando cambia la percepción que la persona tiene de su propia posición. El cargo puede comenzar a confundirse con la persona; la autoridad, con superioridad; el reconocimiento, con mérito personal; y la función, con un derecho adquirido. En ese proceso, la persona puede comenzar a interpretar la realidad desde la posición que ocupa y no desde la realidad de quienes se encuentran afectados por sus decisiones.

El poder, entonces, no solamente modifica las relaciones con los demás. También puede modificar las condiciones desde las cuales quien ocupa una posición de autoridad interpreta el mundo.

Para comprender este proceso es necesario considerar que las personas no se relacionan con la realidad de manera absolutamente directa. Interpretan los acontecimientos a partir de sus experiencias, conocimientos, emociones, expectativas y representaciones previamente construidas.

En este punto resultan relevantes algunos aportes de la psicología desarrollada por Silo, particularmente sus reflexiones sobre los mecanismos de la conciencia, los ensueños, la identificación y la capacidad de observar los propios procesos internos.

Estos conceptos permiten introducir una cuestión que trasciende el fenómeno individual: las personas pueden actuar condicionadas por representaciones que no siempre reconocen como tales. Una persona que ocupa una posición de poder puede construir progresivamente una determinada imagen de sí misma. Si esa imagen es constantemente reforzada por su entorno, puede resultar cada vez más difícil distinguir entre la posición que ocupa y la identidad que ha construido alrededor de ella.

Esto permite comprender por qué el problema del poder no puede reducirse exclusivamente a las decisiones visibles. Antes de determinadas conductas existe una determinada manera de percibirse a sí mismo, de interpretar a los demás y de comprender la propia posición.

Sin embargo, limitar el problema a la transformación psicológica del individuo sería insuficiente. Una sociedad también produce representaciones acerca del poder.

Desde la infancia se transmiten ideas sobre la autoridad, el éxito, el prestigio y las posiciones de superioridad. Algunas sociedades valoran la distancia entre quien manda y quien obedece; otras privilegian relaciones más horizontales. Algunas consideran natural buscar protección en una persona poderosa; otras desarrollan mecanismos institucionales para limitar esa dependencia. Por ello, una cultura del poder no surge exclusivamente de quienes ejercen autoridad. Se construye también a través de las relaciones sociales que hacen posible su reproducción.

Aquí aparece una cuestión decisiva: una sociedad acepta determinadas formas de poder cuando estas dejan de ser percibidas como excepcionales y pasan a formar parte de sus representaciones habituales de lo que es normal, posible o necesario.

Esta hipótesis permite comprender la diferencia entre un hecho aislado y una cultura.

Un acto de abuso puede ser rechazado. Una práctica repetida puede ser tolerada. Una práctica tolerada durante suficiente tiempo puede comenzar a parecer normal. Y aquello que se considera normal deja de requerir una justificación permanente.

La normalización constituye uno de los mecanismos más importantes de reproducción de una cultura del poder.

Pero aceptar no significa necesariamente aprobar. Una persona puede considerar injusta una determinada práctica y, al mismo tiempo, asumir que no puede modificarse. Puede rechazar un privilegio y, sin embargo, intentar obtenerlo cuando tiene la oportunidad. Puede cuestionar el comportamiento de una autoridad y, simultáneamente, considerar necesario tener una relación personal con ella para resolver un problema.

Por eso es necesario distinguir entre consentimiento, tolerancia, resignación, normalización e identificación.

La aceptación social del poder puede producirse incluso cuando existe descontento. La frase “así son las cosas” constituye, en este sentido, una de las expresiones más simples de una cultura ya normalizada. El problema aparece cuando la sociedad deja de preguntarse si determinada forma de ejercer el poder es legítima y comienza únicamente a preguntarse cómo adaptarse a ella.

Esta dimensión introduce una dificultad que suele quedar fuera del análisis político. Una sociedad puede cuestionar públicamente determinadas formas de poder y, al mismo tiempo, reproducirlas en sus prácticas cotidianas. Puede denunciar el privilegio y buscarlo. Criticar el autoritarismo y reproducirlo en espacios propios. Cuestionar el favoritismo y recurrir a contactos personales. Exigir transparencia y, al mismo tiempo, aceptar la opacidad cuando favorece los propios intereses.

Esto no significa atribuir a la sociedad una responsabilidad equivalente a la de quien ejerce formalmente el poder. Significa reconocer que las relaciones de poder se sostienen también mediante comportamientos, expectativas y prácticas sociales.

El poder no se reproduce únicamente a través de las decisiones de quienes lo ejercen. También encuentra condiciones para su permanencia en las relaciones, expectativas y prácticas sociales que se construyen alrededor de él.

Cuando una sociedad aprende a relacionarse con el poder mediante la dependencia, el temor, el favor o la expectativa de beneficio, contribuye —aunque sea involuntariamente— a mantener las condiciones que dice cuestionar.

Esta problemática adquiere una dimensión particular en los sistemas representativos. El ciudadano delega temporalmente determinadas facultades en quienes ocupan funciones públicas. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre delegar una función y transferir la condición de ciudadano. La representación pierde sentido cuando el representante comienza a percibir al representado como alguien situado por debajo de él.

La distancia institucional puede ser necesaria para el funcionamiento de una organización. Pero cuando esa distancia se convierte en distancia social y humana, aparece un riesgo: quienes toman decisiones pueden dejar de experimentar directamente las consecuencias de aquello que deciden. El representante comienza entonces a vivir una realidad distinta de la de aquellos a quienes representa. La crisis de representación puede ser entendida también como una crisis de esa relación.

Las sociedades transmiten a las nuevas generaciones mucho más que instituciones. Transmiten formas de interpretar la autoridad, el éxito, el prestigio, la obediencia y el poder. Por eso, la renovación generacional no debería entenderse simplemente como el reemplazo de unas personas por otras. Una persona joven puede reproducir perfectamente una cultura antigua del poder.

La verdadera renovación aparece cuando una nueva generación es capaz de examinar críticamente la herencia recibida, conservar aquello que mantiene vigencia y transformar aquello que ya no responde a las condiciones de su tiempo.

Cada generación recibe una sociedad que no ha creado completamente, pero tiene la responsabilidad de decidir qué hará con ella. En este sentido, superar lo viejo no significa destruir todo lo anterior. Significa reconocer aquello que ha perdido vigencia y abrir espacio a nuevas formas de relación social.

La renovación generacional es, por tanto, también una renovación cultural. Si la cultura del poder se reproduce mediante relaciones, representaciones y comportamientos aprendidos, su transformación tampoco puede limitarse a modificar las instituciones. Las instituciones son necesarias, pero no suficientes. Una sociedad puede establecer nuevas reglas y continuar reproduciendo antiguas formas de comportamiento.

Del mismo modo, una transformación individual aislada no puede modificar por sí misma las estructuras sociales. Existe, por tanto, una relación recíproca. Las personas construyen las instituciones y las relaciones sociales, pero esas instituciones y relaciones también contribuyen a formar a las personas.

La transformación requiere actuar sobre ambas dimensiones. En el plano individual, implica desarrollar la capacidad de reconocer los propios condicionamientos, revisar las representaciones que orientan nuestra conducta y mantener una relación crítica con la posición que ocupamos. En el plano social, implica modificar las prácticas y estructuras que reproducen relaciones de dependencia, privilegio y concentración del poder.

No se trata de esperar una sociedad formada por individuos perfectos. Se trata de construir condiciones que permitan relaciones menos dependientes de la concentración del poder y más abiertas a la responsabilidad, la participación y el control.

La cultura del poder no comienza necesariamente en las instituciones. Puede comenzar en la manera en que una persona se percibe cuando adquiere una posición de autoridad y puede consolidarse en la manera en que una sociedad aprende a relacionarse con esa autoridad.

El “Virus de Altura” permite observar la primera dimensión: la transformación que puede producir el poder sobre quien lo ejerce. El análisis de los mecanismos de la conciencia permite profundizar en la forma en que las representaciones, identificaciones y condicionamientos pueden intervenir en esa transformación.

Pero el problema adquiere otra dimensión cuando esas formas individuales dejan de ser excepcionales y son incorporadas a las representaciones sociales de lo normal. Entonces determinadas formas de poder pueden reproducirse porque una sociedad ha aprendido a convivir con ellas.

Por eso, superar una cultura del poder no significa únicamente sustituir a quienes ocupan las posiciones de autoridad. Tampoco significa simplemente modificar las instituciones. Significa revisar las formas mediante las cuales individuos y sociedades comprenden, aceptan y reproducen las relaciones de poder.

La renovación generacional adquiere aquí un significado particular. No consiste simplemente en que nuevas personas ocupen los lugares que dejan las anteriores. Consiste en la posibilidad de que una nueva generación examine críticamente la herencia recibida y construya otras formas de relacionarse con la autoridad, la representación y la sociedad.

La transformación personal y la transformación social no son procesos separados. Cada una puede favorecer o limitar a la otra. Quizá la cuestión fundamental no sea, entonces, quién ocupará el poder después, sino qué relación con el poder estamos transmitiendo a quienes vendrán después de nosotros.

Una sociedad verdaderamente renovada no será aquella que simplemente cambie a quienes ocupan posiciones de autoridad, sino aquella que sea capaz de modificar las condiciones culturales que hacen posible que determinadas formas de poder vuelvan a reproducirse.

Wílder Fabricio Pérez Mendizábal
Humanista y abogado

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