Por: Germán Osmar Gonzalez. Fuente: Agencia Pressenza
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(Imagen de Psicoterapia La Sal)
No es un problema de ideas, es un problema de mediaciones. Cuando cambia el medio que nos forma, cambia la cultura.
¿Qué hace que una generación vea el mundo de un modo y la siguiente de otro completamente distinto? No son las ideas. Son los paisajes donde nos formamos.
En el Diccionario del Nuevo Humanismo, el paisaje de formación se define como ese ajuste continuo que hacemos para ubicarnos en el presente, usando lo que vivimos desde que nacimos y lo que imaginamos hacia el futuro. No es una opinión. Es un trasfondo que actúa como sensibilidad, como forma de interpretar y de actuar.
Para pensar cómo se modifica ese paisaje, nos sirven dos miradas que vienen de otro lado y que dialogan bien con esto:
La primera es la de Johan Huizinga en 1938, en su libro _Homo Ludens_. Huizinga decía que la cultura nace en el juego. No como entretenimiento, sino como espacio sagrado con reglas propias, donde nos reconocemos como parte de algo. El juego que fundó nuestro paisaje histórico fue el juego comunitario: el partido en el potrero donde todos juegan, la olla popular, la construcción de la casa entre vecinos. Un juego de cooperación donde ganar era que todos pudiéramos seguir jugando.
Lo que vemos hoy es que ese juego fue reemplazado por otro: el juego de competencia puro, el _agón_. Ya no se juega para sostener la comunidad, se juega para eliminar al otro. Es el juego del ranking, de la app que te califica, del pibe que hace de delivery compitiendo contra otro pibe. Cambió el tipo de juego y entonces cambió el paisaje. Ya no hay compañeros de equipo, hay rivales. Ya no hay reglas compartidas, hay sálvese quien pueda. Huizinga nos sirve para ver eso: no cambió una idea, cambió la forma misma de jugar juntos, y al cambiar la forma de jugar, cambió lo que sentimos como sagrado.
La segunda mirada es la de Pierre Bourdieu y su idea del gusto. Bourdieu explicaba que el gusto no es algo natural ni personal, es la forma en que una clase social nos enseña a mirar el mundo. Lo que llamamos «buen gusto» o «mal gusto» es en realidad la marca de nuestro paisaje de formación hecho distinción. El gusto clasifica y nos clasifica.
En el Conurbano esto se ve clarísimo. Durante décadas, el paisaje de formación popular hizo sagrada su propia estética: la cumbia, la parrilla de chapa, la virgen en la pared descascarada, el lenguaje de la calle. Era gusto propio, con orgullo propio. Lo que hizo la nueva mediación – redes, tele, countries – fue imponer otro gusto como único legítimo y volver el propio en vergonzante. Entonces el pibe siente que su forma de hablar, de vestir, de vivir, es de mal gusto. Y para ser aceptado tiene que copiar un gusto que no es el suyo. Bourdieu nos ayuda a entender por qué duele esa fractura: porque no es solo que cambian las cosas de afuera, es que nos hacen sentir que nuestra propia mirada ya no vale.
Esa nueva mediación no cayó del cielo. Es un modo de organizar el juego que le sirve a quien hace del otro un recurso y del dolor ajeno una ganancia.
Desde el Nuevo Humanismo lo leemos así: no hay esencias condenadas ni pueblos con mal gusto. Hay paisajes de formación. Y esos paisajes se pueden transformar. Lo que hoy vivimos como desorientación –ese no saber a qué juego jugamos ni con qué gusto miramos- es el momento en que un paisaje viejo no termina de irse y un nuevo que no termina de nacer.
No son las ideas las que van a resolver esa desorientación. Será otra mediación, otro juego y otro gusto que volvamos a hacer común. Un juego donde nadie sobre para que ganen unos pocos, y un gusto donde la vida de cada uno valga por ser vida humana y no por cuánto puede mostrar. En eso estamos.